AMOR, Aventuras y Flirteo

…y llegó él

…y llegó él 31 enero, 2014Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

De adolescente fui, durante unos dos o tres años, a clases de dibujo y pintura. Estaba rodeada de niños entre 6 y 10 años, y yo tendría unos 15. Tuve un año entero de clases todas las semanas, y llegó él. Tendría mi edad, o por ahí, era hombre y además, lindo. De aquellos lindos con los que todas las chicas concuerdan. Así que de ahí en más, si antes me gustaban las clases, ahora me encantaba, soñaba con ellas, por no decir con él. Nos llevábamos bien. Hablábamos poco. Siempre fui bastante tímida, aunque se me ha ido quitando con los años. Pero para entonces, mi inseguridad me hacía mirarlo de reojo, pero me alegraba si se sentaba en mi mesa, me sonrojaba si me pasaba por al lado y me rozaba, y todas esas tonterías que le ocurren a uno cuando es adolescente.

Él estudiaba arquitectura en la Universidad Central de Venezuela, era muy buen dibujante, y eso me seducía aún más. Lo único que no me convencía mucho es que todo lo que parecía interesarle dibujar eran las hadas y los duendes. No entiendo este carajo que tendrá con las hadas, los duendes y cuanto personaje mítico-mágico haya en el mundo. ¿Qué le cautivará de ellos? Yo superé la etapa duendes hace años luz, cuando íbamos al campamento y nos contaban que las lucecitas voladoras eran hadas que venían a cuidarnos. Pero ya fue. Tendría yo unos 7 años cuando eso, ahora tenemos 15, por Dios. ¿Qué ocurre? Bueno, no lo juzgues, quizás sólo le gustan, quizás no ha quemado la etapa. Seguramente le interesan otras cosas, es arquitecto. Debe dibujar muy bien. Ya verás que el próximo dibujo no será de hadas o duendes. Me repetía a mí misma procurando autoconvencerme.
Un día comenzó a hacer una naturaleza muerta.  Recuerdo muy bien el dibujo. Ya verán por qué.  Constaba de una tetera sobre un mantel arrugado y al costado, una naranja. Le había quedado excepcional. Instantáneamente podía uno notar el talento que tenía este chico con respecto al dibujo. Buena técnica, trazo firme, línea espontáneas. Tal y como lo había previsto era muy buen dibujante. Pasaron varias clases entre que dibujó en lápiz la imagen y la coloreó con óleo pastel cuidadosamente. No me dejaba verla. No hasta que estuviera lista.
Llegó el gran día. Yo había llegado tarde a la clase y apenas crucé la entrada me dijo orgulloso y sonriente: «Tengo algo que mostrarte». «A ver, terminaste el dibujo». Mi espíritu crítico siempre ha sido más fuerte que yo, pero este fue el día en que aprendí a domarlo, y desde entonces puedo más que él. De su carpeta saca una cartulina blanca que evita que vea, lo cubre completamente y lo posiciona de manera tal que lo pueda ver horizontal y me devela el dibujo. Pulcro, detallado, impecable, el manejo de las sombras, los colores, la difuminación, todo era perfecto. En verdad no. Casi todo. «¿Te gusta?», me preguntó altivo y risueño. «¡Sí, está espectacular! ¡Te felicito! Pero… si lo detallas bien, la tapa -que estaba entreabierta, en la pieza original, y por ende, también en su dibujo- se puede caer dentro de la paba».
Silencio. Absoluto. El mundo paralizado. Mi corazón, el de él y el de la profe, igual.
La profesora, que estaba a mi lado, me miró y me peló los ojos. Él, frustrado, me quitó el dibujo de las manos y se quedó atónito viéndolo para comprobar si yo tenía razón. La profesora no sabía qué hacer. Yo no sabía si había hecho bien en ser sincera o si realmente había cometido un error. Él dijo: «Tienes razón». La profesora: «No, está perfecto. Me encanta». «Sí, ciertamente» decía yo. «Está muy bueno» comentaba la profe. Yo no sabía si desaparecer, pedirle disculpas, o retractar mi comentario.
Ni la clase siguiente, ni la de después apareció en nuestra clase. Más nunca volvió a pintura. «Viste, lo espantaste» me decía la profesora. «No, cómo no va a venir porque le haya dicho eso. Debe ser que está en exámenes o quién sabe qué lo tendrá ocupado» ¿Habrá sido de verdad por mi que más nunca vino? ¿Habré sido demasiado dura con él, tanto que no quiso volver jamás? ¿Será que es un cobarde y no quiere afrontar la crítica? ¿o yo fui demasiado crítica? ¿Y si está deprimido en su casa, sentado llorando desde hace días? No. No puede haber ser tan cobarde en el mundo. Los hay. Hay gente que se suicida. Bueno, no sé si eso es ser cobarde por evadir la vida, o valiente por atreverte a quitártela. ¿Qué será del chico lindo de las hadas? ¿O debería pensar de la paba? jajaja de la paba sin tapa. De la paba que se tragó la tapa porque era más pequeña que el hueco. Pobre. ¿Será por mí que más nunca vino?
¿Qué habrá pasado con el chico de la paba sin tapa? me pregunté durante un año entero. Y así como llegó él, también se fue.
—–
Él es el mismo de aquella confesión en Madrid

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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