Todo acabó con…

Foto: Caleb Ekeroth (Unsplash)
Foto: Caleb Ekeroth (Unsplash)

 

Todo acabó con…una toalla.
Esta es la historia de cómo una toalla acabó con dos y tantos años de relación.

Lo que pensé que sería una pequeñita luna de miel, resultó ser, casi un viaje de familia; puesto que a última hora me enteré -de la boca de mi en aquel entonces novio-, que su hermanito vendría con nosotros. Iríamos a Margarita, la paradisíaca isla, también conocida como “la perla del Caribe”, pero su hermano menor sería nuestro escolta.

No les voy a mentir, nuestra relación era tan hermosa, y su hermano era tan agradable que cada día que pasaba era mejor que el anterior. Todo iba de maravilla. Nuestra vida giraba en torno a qué playa visitaríamos y nuestra mayor preocupación era si el pescado del almuerzo sería frito o hervido.

Después de una semana de sol, arena y pescado. Protector solar, berberechos y cerveza. Dos días antes de irnos fuimos a Playa El Yaque. Para el que no conoce, esta es una de las playas estrellas de la isla, quizás incluso del pequeño país. Ahí es donde el viento y el mar se conjugan para crear el ambiente idóneo para el windsurf y el kitesurf. Cientos de miles de deportistas, periodistas, seguidores y aficionados de todas partes del mundo, acuden a este punto de la isla a practicar, presenciar o cubrir certámenes de dichos deportes.

Ahí decidimos instalarnos a pasar el día. Bebimos una botella de ron entre los tres acompañada de agua salada y pescado frito con tostones (rodajas de plátano frito con queso). Tomamos fotos, nos bañamos en el mar y seguimos con una botella de tequila entera. Nuestro grado etílico era mayor que el de una piscina de vodka pura, emanábamos más alcohol que el propio tequila. Al caer la noche, un turista argentino se nos acerca y comienza a hablar con nosotros. Luego de un rato de conversa, el hombre se puso meloso, me halagaba, me hablaba de cerca, y aunque mi novio -para nada contento con la situación-, supo muy bien cómo manejarlo.

En un bar al borde de la playa, con los pies en la arena, vista al mar, música para bailar y puestos privilegiados para ver la luna,  continuó nuestro entusiasmo por los tragos. Acabada la conversa, y continuando el disfrute escénico, en medio del baile irrumpió el tema del sujeto argentino. Mi novio comenzó a reprocharme de por qué yo hablé tanto con el paisano, que por qué no lo corté, que tendría que haber sido más enfática en hablarle sobre mi compromiso, y pare usted de contar. Indudablemente, mi paciencia se fue agotando pero los tragos que en ese momento me poseían no me permiten recordar con claridad cómo ocurrió todo. Lo que recuerdo muy bien es que no controlé mis impulsos y de la molestia tomé mi toalla, que estaba sobre la silla -cabe destacar que era grande, amplia, buena, resistente, pero sobre todo, de algodón egipcio-, la abrí y le dí con ella en la cabeza.

No me quiero imaginar cómo habrá sido el golpe. Lo que sí les aseguro es que pudo más que nuestro amor. Aún me desconozco en medio de ese ataque de ¿histeria? ¿impotencia?, pero sin importar cómo terminó esta historia, les digo que por muy fina que sea la toalla, no es bueno usarla en contra de nadie, mucho menos si es alguien a quien amas.

De ahí en adelante decidí colgar la toalla.

 

 

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Él era el vinagre de mi vida

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