Amores de lejos

Foto: Slava Bowman (Unsplash)
Foto: Slava Bowman (Unsplash)

 

 

Durante varios años de mi vida sufrí el síndrome de los amores de lejos. De creer que las relaciones a distancia funcionan. No dudo que a más de uno le habrán resultado. No fue mi caso.

Era una etapa difícil de mi vida. Estaba por graduarme, había terminado con mi novio, vivía peleando con mis padres, no sabía qué quería, tenía ganas de irme a Argentina a vivir, estudiar o morir de hambre. Lo que fuera con tal de cambiar este ambiente enfermizo que frecuentaba y forjarme una nueva vida.

Mi único refugio en ese entonces era la fotografía. Comencé como aficionada y a ganar seguidores en mi cuenta de Flickr. Él era uno de ellos. Comentaba todas mis fotos, y siempre de un modo dulce. Producto de estos encuentros virtuales, terminamos conociéndonos vía chat. No era la primera vez que conocía a alguien por esta vía  Él vivía en el país donde nací. Y yo en el que él nació. Éramos contemporáneos, compartíamos ideas, profesión y las ganas de conocer a alguien que nos quisiera. Así que éramos tal para cual. Transcurrieron meses y meses de encuentros de chat, intercambios de fotos y largas conversas por Skype. Lo confieso, me fui enamorando de a poco.

Nos conocimos en persona. Había venido a Venezuela a visitar a su familia y me pidió pasar por casa para verme frente a frente. Fue mágico. Era un gordito lindo, simpático pero sobretodo inteligente.  Conocernos en persona impulsó mis sueños y mis ganas de tenerlo cerca. Pasear juntos de la mano, acostarnos en una plaza a tomar el mate, discutir sobre posibles escenarios políticos de nuestros países, viajar con él a mi pueblo natal, cocinarle arepas por la mañana, llevarlo a conocer a mi familia, comer los ñoquis del 29, pasar días en la costa. Me había imagino una vida con él.

Como por arte del destino, las piezas en mi vida comenzaron a organizarse y decidí mudarme a Buenos Aires. Salimos par de veces como amigos hasta que un día terminamos en su casa. Y unos vinos más tarde, en la cama. Creo que nunca olvidaré ese día. En mi vida había tenido una experiencia sexual como esa.

Toda la ilusión de haber conocido a un posible candidato se esfumó de repente. No había química. No había seducción. Mi libido, no sé si la de él, había desaparecido. Eramos total y absolutamente incompatibles. Y entonces nos cortaron las manos, se pasó el agua del mate, se “solucionaron” los problemas políticos a discutir, murió mi pueblo natal, se quemaron las arepas, desapareció mi familia, los ñoquis se pegaron, la costa se vació y la vida que alguna vez me había imaginado con él solo tenía cara de desgracia. Compartir una vida con un mal polvo: no. Eso es imposible. Del buen sexo depende parte de nuestra felicidad. ¿Cómo iba a arriesgarla por haber fantaseado con un hombre poco mayor que yo que no sabe follar?

Sinceramente el éxito de los amores de lejos quizás dependa del alcance imaginativo de cada quien. Y la mía siempre ha sido más poderosa que la realidad. Ese día lo comprobé.

 

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