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Polvo de una noche

Polvo de una noche Posted on 21 marzo, 20141 Comment

Soy una feliz y soltera, periodista y escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender. Amo escribir, viajar, conocer gente, la buena comida (en la cama y en la mesa), tomar fotos, pintar, leer y dormir.

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Son pocos los recuerdos que tengo de la última vez que nos vimos, solo lagunas mentales de esa noche. Pero él sin duda había quedado marcado con nuestro encuentro de sexo casual en su auto. Esporádicamente me escribía diciéndome que soñaba con aquella noche, que deseaba tenerme desnuda entre sus brazos, que anhelaba escuchar mis gemidos, y que fantaseaba con que compartiéramos una cama, hacer guarradas juntos y otras tantas cosas más.

Había insistido tanto, y durante tanto tiempo que nos viéramos y que compartiéramos una noche juntos, que opté por decirle: “Sedúceme y veremos”. Esa noche me vino a buscar a casa, fuimos a un bar, comimos, bebimos, conversamos y nos besamos. Camino al auto me dice: “Te tengo una sorpresa”. Él no lo sabe, pero yo amo las sorpresas. En mi estómago las tripas saltaban de alegría. Nos subimos al coche, cerradas las puertas me vio a los ojos, me sonrió: “Te traje algo”. Se volteó hacia la parte trasera de su asiento, de donde sacó una pequeña cava. De adentro salió un envase con fresas, que me robó una sonrisa y todo mi aliento. “Traje helado de vainilla y chocolate para acompañar. No conseguí crema.” Nunca he sido mejor amiga del chocolate, pero las fresas son de mis cosas favoritas en el mundo. Yo estaba perpleja, anonadada. Mis neuronas no se conectaban entre sí como para poder emitir comentario al respecto. “Me encantan”, fue lo único que alcancé a decir antes de que me besara. No podía creer que se había dado a la tarea de seducirme, y con fresas -¡que tanto amo!-. Desconozco si fueron las fresas o su actitud quienes me convencieron aquella noche, pero opté por disfrutarla a su lado.

Fuimos a un hotel. Procurando recrear la escena que desde hacía años consumía su memoria. No habíamos terminado de llegar y ya nuestras ropas ocupaban el asiento trasero del coche. Nuestros cuerpos se recorrían mutuamente, nuestros dedos agudizaban las sensaciones, las palpitaciones se aceleraban, mientras ambos buscábamos la manera de lograr encajar el uno en el otro en medio de los asientos de un auto compacto. La incomodidad y las ganas de experimentar dieron fin a la primera parte del encuentro.

Nuestros labios no se separaron ni un segundo. Subimos a la habitación a medio vestir. En la puerta de entrada, se detuvo, me cargó entre sus brazos cual príncipe a su princesa y entramos. Me lanzó sobre la cama, donde terminamos desvistiéndonos el uno al otro entre besos y mordiscos. Se abalanzó sobre mí, consumiéndome ferozmente. Nuestros cuerpos desnudos dialogaron entre sábanas tendidas. Nuestras lenguas recorrían lentamente los cuerpos del otro. Sus manos halaban mi pelo mientras intentaba darme besos en el cuello, a los que inevitablemente siempre me resisto. Respiraciones profundas invadían la habitación. Aceleradas. Jadeantes. Cada vez más entrecortadas. Sus ojos penetraban los míos, al mismo tiempo que lo hacía su miembro. Él mordía mis labios, yo succionaba su lengua. Me lamía las orejas y acabamos al unísono. Nos abrazamos. Nos besamos. Cambiamos posiciones, probamos nuevas. Nos descubrimos mutuamente. Nos robamos las fresas de la boca del otro. Sorbimos helado de nuestros cuerpos sudorosos. Él me tocaba sin vergüenza alguna y yo recorría su cuerpo con mi lengua. Nos sumergimos el uno en el otro nuevamente. Intercambiamos fluidos y besos. Jadeamos. Gemimos. Consumimos todas nuestras energías. Nos consumimos el uno al otro.

Dormimos abrazados y me despertó con un beso en la mejilla. Sus ojos azules fueron lo primero que vi al abrir los míos. Me sonrió y me dijo: “nos tenemos que ir”.

Y entonces,
caí en cuenta que estábamos en un hotel, que él no vivía en esta ciudad, que esto era un polvo de una noche, y que quizás, sería la última vez que lo vería. Que esto no era más que un polvo de una noche y que irnos de aquel hotel significaba también irnos de la vida del otro.

 

 

—–
La vida da tantas vueltas que jamás pensé que años más tarde me propondría vivir en un iglú.

 

Soy una feliz y soltera, periodista y escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender. Amo escribir, viajar, conocer gente, la buena comida (en la cama y en la mesa), tomar fotos, pintar, leer y dormir.

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