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Diplomáticos

Diplomáticos 24 marzo, 2014Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Taquillas de migraciones
Aeropuerto de Miami
Horas del mediodía

Situación:
Viaje de negocios. Acompañada de una jefa insoportable y tacaña que había preferido hacer Ginebra-Miami-Caracas, un viaje total de 17 horas con tal de no pagar más por un vuelo directo. Tras varias horas de espera en las filas de migración, llegamos a un punto medio de una de ellas. A mi lado izquierdo, en un rincón figuraba la prestigiosa, afortunada y corta fila de diplomáticos. Contaba con unas pocas personas que se diluyeron en cuestiones de segundos permitiendo que el señor delante de mi se moviera hacia ésta tras haber sido llamado por el oficial, mediante una disimulada seña de mano. Yo, como buena observadora, hice eco de tal movimiento, y siguiendo los pasos del hombre que ya se retiraba de la taquilla de migraciones, me presenté en dicho mostrador.

Conflicto:
“Buenos días” Me dice el oficial seriamente y en inglés.
Sonrío. “Buenos días”. Y sobre el mostrador poso orgullosa mi pasaporte italiano. Lo mira de reojo y sin abrirlo ni tocarlo me pregunta: “¿Es usted diplomático?”
“No” Contesté seriamente
“¿Y por qué está en esta fila?”
“Noté que no había nadie. Al señor delante de mi lo hizo pasar, así que me adelanté a pasar yo también” Otra sonrisa.
“No debería estar aquí sin yo haberla llamado o sin ser diplomático”. Dijo con aplomo el oficial
“De acuerdo. ¿Me devuelvo a la fila anterior?” Y sonrío nuevamente
“No.” Y toma en sus manos el pasaporte. Esta vez mi sonrisa es pícara, para darle a entender que me anticipé a su acción de llamarme a esta fila y eso fue lo que en realidad le molestó, pero como no puedo decirle nada al respecto, y a cualquiera se lo gana con una sonrisa…
“¿De dónde viene?” – “De Ginebra”
“¿Qué hacía en Ginebra?” – “Fui por trabajo”
“¿En qué trabaja?” – “En una revista. Soy periodista”
“¿Hacia dónde se dirige?” – “A Caracas”
Levanta las cejas y cambia inmediatamente a hablarme en español
“¿Qué va a hacer a Caracas?” – “Vivo ahí” Media sonrisa
“¿A qué viene a los Estados Unidos?” – “De paso. Hago trasbordo para seguir a Caracas”
“No hay pasajeros en tránsito en los Estados Unidos.”
“Entonces vengo a pasar unas horas en el aeropuerto, mientras llega mi vuelo”
El sonríe a escondidas y tras revisar todo mi pasaporte hasta el más mínimo detalle me pregunta:
“¿De dónde es?”
Yo ante la pregunta permanezco inmóvil, igual que lo hago en mi vida cotidiana cuando se me presenta esta interrogante. Nací en Argentina, tengo pasaporte italiano, pero vivo en Venezuela. Tengo ancestros españoles, italianos y polacos. ¿De dónde soy? ¿Cómo te lo explico? Soy de todas partes y de ninguna parte. 
Ante mi parálisis facial y corporal el oficial reformula su pregunta: “¿Dónde nació?” – “En Argentina”
Frunce el ceño. Observa mi pasaporte. Me mira a los ojos. Se devuelve al pasaporte y levanta una ceja.
“Puedo explicarlo” le dije sonriente robándole a él la suya, me contestó: “Espero”

Resolución:
Sonrío pícaramente y lo miro de reojo mientras saco de mi bolso de mano el otro pasaporte, el Argentino, con el que de pequeña solía entrar a los Estados Unidos hasta obtener el de la Unión Europea. Él se sonríe silenciosamente sin quitarme un ojo de encima. Le hago entrega de mi pasaporte. Y con un gesto facial y una inclinación de cabeza lo obligo a admitir que estoy en regla. Me sonríe y asiente con su cabeza a medida que lo revisa. Me mira a los ojos y lo sella. Toma ambos con sus manos. Yo estiro mi brazo para alcanzar mis pasaportes y él inmutado los recoge para sí y me dice: “Entonces, ¿vive en Caracas?” ¡Ey! mis pasaportes. “Sí”

“A ver si algún día visito Caracas y paso a verla” Me entrega mi pasaporte “Dicen que las mujeres venezolanas son las más lindas del mundo.”  Sonrío penosamente y bajo la mirada. Mis mejillas no me las veo, pero apuesto a que están enrojecidas. “Es cierto” contesto, “pero yo soy Argentina e Italiana.” Ambos sonreímos mirándonos a los ojos. Tomo mi pasaporte y desde lo lejos le grito: “¡Gracias. Nos vemos en Caracas!”

 

——

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Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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