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Mi primer amor

Mi primer amor Posted on 28 marzo, 2014Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: Averie Woodard
Foto: Averie Woodard

Corría el verano del ’96 y lo único que compartíamos era el campamento al que asistimos durante dos semanas ese año. Cual escenario de película, este se situaba en medio de un bosque con cabañas, al lado de un lago.

Era el clásico niño lindo americano. Rubio, de piel blanca con algunas pecas en su rostro y ojos azules. Era una cabeza más bajito que yo. Su sonrisa era sincera, le iluminaba el rostro, y sus dientes eran blancos y derechos. Un niño hermoso, y yo, tímida e insegura. Era mi primer amor.

Un día , en medio de la fila para ir a comer se paró a mi lado inesperadamente y me dijo: “Hola. Qué linda eres.” Yo, roja de vergüenza, bajé la mirada y susurré: “gracias”. Él se quedó viéndome, aunque yo prefería pretender que no existía. De ahí en más, no se daría por vencido. Seguiría viéndome, pero ahora con la certeza de que yo lo sabía. Me miraba secretamente y provocaba encuentros frente a frente sólo para poder verme. Se escapaba de sus actividades para espiarme en las mías, le preguntaba a mis amigas por mi, en eventos en común seleccionaba -cuando podía- estar en mi mismo grupo, me miraba de reojo en misa, me sonreía desde la fila para ir a comer, se paraba después de la comida para pasar por la mesa y sonreír. Yo, que siempre fui tan despistada con esta clase de asuntos, no me percataba de todo lo que ocurría a mi alrededor.

En medio de mi inocencia y mi ilusión, me fue cautivando a medida que notaba sus insinuaciones luego de haberme halagado en la fila. Y la verdad es que no me desagradaba, todo lo contrario, me encantaba. No sólo por el morbo que inconscientemente nos genera que le gustemos a alguien, sino también porque era guapo.

Y digo era porque yo también comencé a verlo de reojo, a sonreirle a escondidas, a buscar secretamente por dónde iba, incluso en algún momento accedí a ir con él al baile. Hasta que noté…
que para recibirme peinado y arreglado, el niño juntaba sus manitas viendo hacia arriba, en frente de sí, alineaba perfectamente sus nudillos, se escupía las manos, las unía, las frotaba y se las llevaba a la cabeza para estilizar su peinado.

Hasta ahí llegó mi primer amor. Fue más corto que la temporada de campamento.

 

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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