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“Amor de mi vida”

“Amor de mi vida” Posted on 14 abril, 20143 Comments

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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Foto: @ngradecky (Archivo)

 

Hace unos años creí haber conocido al “amor de mi vida”.

Él era dueño de su propio negocio. Trabajaba sin descanso y sin faltar ni un día. Amaba viajar pero el trabajo no lo dejaba. Era desordenado, celoso, no le gustaban las fotos, ni ver películas. Le encantaba el flamenco y el sertanejo. Odiaba bailar. Disfrutaba la noche y se acostaba tarde. Vivía frente al mar pero odiaba la playa. Era un chef graduado. Fanático del Barça. Romántico y cariñoso. Amaba Muse, Joaquín Sabina y El Barrio. Era culto, un hombre de mundo: leía, investigaba, analizaba, conversaba, debatía. Hablaba inglés. Le encantaba el portugués. No soportaba hablar por teléfono. No invitaba a nadie a su casa. Tampoco a su trabajo. Hablaba(mos) hasta por los codos. No se tomaba auto fotos. No se bañaba en la piscina de su casa. Le encantaban los niños, quería cuatro, y soñaba con una boda pequeña y una familia numerosa.A pesar de nuestras diferencias, éramos tal para cual.

Nos conocimos en una fiesta. Se casaba su mejor amigo con mi mejor amiga. Intercambiamos números y no paramos de hablar desde entonces. Vivía en otra ciudad. Se tomaba autofotos para alegrarme el día porque sabía que me hacían sonreír. Intercambiábamos fotos eróticas, ideas y sueños. Y entonces nuestra vida comenzó a contarse mediante ‘selfies’: en el auto, saliendo de casa, trabajando, estrenando ropa o corte de pelo, mandando un beso, en un día lindo, viendo la tele, leyendo un libro, platos de comida, huecos en la calle, tragos con amigos, uñas recién pintadas. Llenábamos el vacío del otro mediante fotos, y hablábamos a diario para extrañarnos menos. Me llamaba a contarme sobre su día, sus problemas y proyectos. Conversábamos todas las noches antes de dormir, invirtiendo dos, tres y hasta cuatro horas al teléfono. Me impulsaba a escribir y a pintar. Sacaba lo mejor de mi.

Y entonces me invitó a quedarme unos días en su casa. Compré pasaje y me fui a su ciudad. Conocí a sus viejos. Conviví con ellos dos semanas en un departamento mínimo donde nos cruzábamos hasta para ir al baño. Compartíamos la mesa y “La ruleta de la suerte” de Antena 3. Nos turnábamos para lavar los platos. Me llevaba a su trabajo. Faltaba al trabajo. Nos bañamos en la piscina de su casa. Tomábamos tragos en el bar. Bailamos. Conocí a sus amigos y vecinos. Hicimos recorridos turísticos. Salimos a comer. Fuimos a la playa. Compartimos cuentos y tragos con su papá junto a la música de Joaquín Sabina y Joan Manuel Serrat. Me cocinó. Me llevó a recorrer la ciudad donde vivía. Nos acostamos a ver las estrellas y a escuchar el mar. Compartimos la cama, intimidades y besos. Vivimos una luna de miel de una boda que nunca existió.

Habría cambiado cantidad de cosas de las circunstancias y de su forma de ser. No. No habría cambiado nada. Para ese entonces había aprendido que a cada quien se le quiere como es. Pero para cuando había aprendido eso, él ya se había mudado de país.

“Creo que es muy pronto para decirlo, pero siento que eres mi media naranja”, me dijo una vez este chico al que creí el “amor de mi vida”. Sí, era muy pronto para decirlo, porque te fuiste del país y así mismo, de mi vida. 




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Si te gustó esta historia. No te pierdas nuestra noche de locura.

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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