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Sexo alemán

Sexo alemán 16 abril, 20142 Comments

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Era lindo, alemán y simpático. Nos veíamos a menudo pero lo conocía poco.

Una noche, entre miradas esquivas y sonrisas pícaras coincidimos en el refrigerador buscando cervezas. Abrió la puerta, sacó dos cervezas, las puso en mis manos y con las suyas tomó mi cara y me besó repentinamente. Fue total y absolutamente inesperado. Mis músculos se relajaron, mi corazón latía con fuerza, mi rostro se sumía entre sus manos y las mías se anclaban a sus brazos para no caer al piso. A esas birras le siguieron otras más, hasta que los tragos hicieron de las suyas.

Acabada la reunión me pidió que lo acompañara a llevar a una amiga a su casa. La conversación no parecía asomar nada más. Nos subimos al auto y se puso los lentes. ¡Ay! Ya era guapo y ahora con lentes, de muerte. Conversamos todo el rato hasta que la dejamos en su casa. Ponía su mano en mi pierna y yo tragaba fuerte. Detén el auto ya o deja mi pierna. Mis vísceras se movían por dentro, pero procuraba enfocarme en la conversación. Llegamos a destino. Estacionó. Lo miré a los ojos para darle las gracias. Sus manos inmediatamente buscaron mi cara y sus labios los míos. Nos comimos mutuamente. Sus manos recorrían mi cuerpo desesperadamente, desordenaban mi pelo. ¿Aquí en el carro? Ay. Yo no me puedo negar. ¿Aquí, sin aviso? No hablamos nunca y el día que hablamos… ¿nos besamos y nos consumimos? Este hombre no pierde tiempo ni oportunidad. Los besos se fueron agudizando, también los mimos y las manos de uno sobre las del otro. Recostó la posición de su asiento, me montó encima suyo y me besó la boca, me mordió los labios. Y de repente, me apartó, me volcó sobre mi asiento. Por un instante dejé de entender lo que ocurría. Hundió su cabeza entre mis piernas, me bajó las pantys y me comió el entrepierna.

Nuestros cuerpos ardían. En medio de jadeos escucho: “Espero tener condones” ¿Cómo? ¿Puede no haber? Me mueroooo si no hay. “Por favor dime que tienes”. Mi alegría fue inexplicable. Mis ojos se cerraban automáticamente mientras me dejaba consumir. Nos comimos mutuamente en su asiento. Nos acompañábamos con movimientos pélvicos, nuestras bocas se resguardaban y nuestros alientos rozaban nuestras orejas. Acabó él. Acabó la noche. Acabó cada quien en su casa.

Desde entonces no lo he vuelto a ver. No me escribe. No me llama. Yo me desentiendo de la situación. De todos modos, él se va a su Alemania natal y yo a España. Repentinamente, entre mis búsquedas laborales en Madrid me topo con una postulación que lee: “Responsable de marketing con alemán”. ¿Será que si me lo llevo a Madrid me tomarán en este trabajo?

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¿Te gustaría saber qué ocurrió antes de todo esto?
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Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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