Sexting

Foto: Pablo Heimplatz (Unsplash)

Vivíamos en ciudades diferentes. Países distanciados por miles de kilómetros. No nos veíamos nunca, pero nos escribíamos. No precisamente para saber el uno del otro. No. Nos escribíamos guarradas. Cada tanto tiempo existía, bien fuere de su parte o de la mía, mensajes eróticos.

Quiero tenerte en mis brazos… Dormir contigo… Hacer cucharita… Apretarte con fuerza… Escuchar tu respiración en mi oreja… Saciarte con mis besos… Recorrer con mis manos deseosas cada centímetro de tu cuerpo… Tocarte con mi lengua… Que seas mía y yo tuyo… Que jadees en mi cama… Sacarte la ropa lentamente… Quiero cumplir mis fantasías contigo… Que me pidas lo que quieras… Concederte tus deseos y exigencias… Comerte con besos desenfrenados… Lamer tu cuerpo… Hablarte sucio al oído… Saciarte con mi cuerpo… Quiero abordarte por todos los flancos… Escucharte gritar mi nombre… Tu sudor rozando mi cuerpo… Intercambiar fluidos… Llenar tus vacíos… Disponer de tu cuerpo… Aprisionar tus manos… Envolverte en mi cuerpo… Hacerte mía… Dejar mi estela tatuada en tu cuerpo… Quiero hacerte…

Acabar.

Era todo lo que me generaban nuestras conversaciones siempre. Acabar… cerrando el celular porque nuestro sexting se tornaban tan inmundo que en lugar de llevarme a un éxtasis me llevaban a agradecer su lejanía.

 

 

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