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Hombre sexy

Hombre sexy Posted on 7 mayo, 2014Leave a comment

Soy una feliz y soltera, periodista y escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: Avel Chuklanov (Unsplash)
Foto: Avel Chuklanov (Unsplash)

 

 

Por la boca muere el pez. Así dice el refrán.
Así lo corroboran mis experiencias

Cuando éramos adolescentes recuerdo conversaciones con mi mejor amiga sobre los hombres muy peludos. Ni ella ni yo queríamos uno. En aquel entonces conocí a un chico guapísimo. Se convirtió en mi segundo novio, pero era el heredero del hombre-lobo. Él mismo decía que respiraba y le salían pelos, así que ya podrán hacerse una idea de la alfombra humana con la que salía. Me encantaba. No precisamente sus vellos corporales, claro está, pero él sí, y pues aprendí a adecuarme. Mi amiga no se quedó corta y consiguió salir con el segundo heredero, una alfombra persa que en lugar de asumir su pelaje, optaba por rebajarlo hasta nivelarse con un campo de fútbol.

Alejada de los pelos, pero siguiendo en la tónica del físico. Durante la misma época, pocos años más tarde, cuando aún estaba forjando mi propia personalidad y realmente descubriendo qué me gustaba realmente, comencé una extraña afición por los hombres musculosos. Aborrecía esos cuerpos flácidos, alargados, sin gracia ni músculos. Me encantaba un hombre trabajado, de gimnasio, con venas sobresalientes en músculos tonificados que realzaran la capacidad masculina de cargar peso. Hasta que conocí a  “el hombre perfecto” y entonces decidí replantearme mis gustos en torno al físico.

Manteniendo la estética escultural del cuerpo humano aseguré que, musculosos o no, debían ser esbeltos. Nada de gordos. No porque tuviera algo en su contra, pero es que no me atraían. Y entonces, ya cerca de los 30, cuando crees que tu vida debe enfilar hacia un lado un poco más serio y estable, conocí al gordito más dulce y tierno. Era como un caramelo relleno, con corazón de dulce de leche y cobertura de chocolate. Así me habría gustado comérmelo sin duda alguna. Duró poco en mi vida, pero me hizo apreciar el lado dulce de la vida, así como la redondez de las formas.

Confieso también que me negaba a los rubios. No sé si por llevar la contraria a la mayoría de los gustos femeninos por los cabellos amarillos y los ojos claros, pero es que solían parecerme sosos. Quizás demasiado perfectos. Pero en una conversa con una amiga sobre las celebridades que nos parecían más atractivas, a modo de ejercicio soñador sobre ‘¿a cuál le darías?’, mis respuestas automáticas eran Ryan Gosling, Simon Baker, Jude Law, Bradley Cooper… ni falta hace que les explique más. Asumí mi verdadera afición por los rubios y me di cuenta que mi amor platónico había sido un rubio de ojos verdes.

Hoy, aunque el hombre sexy que me gustaría a mi lado sea parecido al que muestra la foto, puedo asegurarles que, aprendido el refrán, cada vez que veo un gordo, rubio y peludo caminando, volteo a verlo. Sí, y lo miro con ojos de cariño porque sé que podría estar pasando al lado del amor de mi vida.

 

Soy una feliz y soltera, periodista y escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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