Apuesta con final feliz

Foto:  skitterphoto.com (Pexels)
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Aquella apuesta con final feliz no previsto surgió en medio de una conversación enteramente femenina. De aquellas sobre hombres. Esta versaba sobre uno en particular. Un chico al que siempre había considerado guapísimo a escondidas. Desde que lo conocí me había encantado físicamente, pero como no lo conocía en lo personal, poca atención le prestaba.
Fue esa noche que descubrí que no era yo la única que lo consideraba guapo. Resultó que todas mis amigas coincidían conmigo y la conversación se tornó jugosa. “Yo le daría”, decía una sin temor a nada. “Yo, sin pensármelo dos veces” asomaba otra. Cada quién exponía sus opiniones. Todas estábamos en sintonía. Tras descripciones y suspiros en torno al chico: simpático, alto, flaco, inteligente, “¡qué cuerpo tiene!” – “y esos ojos azules, ni hablar”.  Las confesiones de las chicas se fueron tornando más sinceras y explícitas. Hasta que se asomó la pregunta que todas en secreto se hacían, pero nadie había sido capaz de destapar. En medio de lo que salió a relucir la pregunta: “¿Ustedes no creen que él es gay?”
Y entonces comenzó el verdadero debate. Apuestas a favor y en contra en una decisión estéril que nunca tendríamos cómo comprobar. Convinimos en que era raro: él era demasiado guapo, no se lo veía con chicas, no tenía novia desde hacía muchos años, y era bastante reservado con las mujeres. Convinimos que él era fuera de lo común. Quizás realmente fuera gay, quizás fuera inseguro, retraído. Hasta que alguien asomó la idea de comprobar si realmente lo era, y resolvimos en apuesta.
Para ese entonces, yo era la única soltera. Por lo que resolvimos que como yo era la única soltera, sería la encargada de resolver el enigma y determinar, con sus conductas o actitudes si realmente lo era. A decir verdad, tenía pocas esperanzas de lograrlo puesto que su actitud conmigo nunca había sido cercana.
Avanzada la noche, en medio de tragos y carne a la parrilla, lo seduje con un trozo de carne en mi boca. Que sin dudarlo lo tomó con sus dientes, dándome un beso a la par. Yo -y mis amigas también- me quedé anonadada. Jamás había estado tan cerca de él. Pero no fue esa la única vez. Poco después me pidió que lo acompañara a buscar una cerveza. En la cocina, sin dejarme si quiera terminar al refrigerador, me tomó y me besó. Sus manos presionaban mi rostro. Nuestras bocas se entrelazaban. Nos sumergimos el uno en el otro. Su lengua jugaba con la mía, y sus labios suavemente rozaban los míos. Con fuerza me tomaba y me presionaba contra la pared. ¡Dios! No sólo es guapo, sino que además besa bien. No puede ser gay. Tiene demasiado buen control  sobre la situación y la forma de abordarme. 
Bajé a donde estaban las chicas, una sonrisa bastó para que entendieran lo acontecido. Tras haberse acabado la reunión me ofreció llevarme a casa. El trayecto estuvo interrumpido por una estratégica parada en una calle poco transitada donde pudo aparcar el coche para desvestirnos y encontrarnos en otras condiciones. Fue grandioso. Tanto que hoy estoy convencida de haber ganado la apuesta entre mis amigas. Porque aunque por medio de un encuentro sería imposible determinar con certeza su sexualidad, al menos me gané un final feliz.

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El protagonista de mi final feliz fue el alemán.

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