Posted in Aventuras Amorosas

Confesión

Confesión Posted on 19 mayo, 20141 Comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

beso en pareja

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El año en que ella había llegado a Madrid en busca de una mejor vida, él cumplía un lustro viviendo ahí. “Por fin”, dijo él tras haber coincidido en ciudad, tiempo y condición sentimental. Le escribió a los pocos días, al enterarse de su arribo, y la instó a verse. “Necesito verte y recuperar el tiempo perdido durante todos estos años”. Extrañaba sus besos, su boca, su cuerpo. Antes de ponerse de acuerdo en fecha y lugar, él paralizó el chat con un: “Tengo una confesión

Tiene novia. Y es tan mujeriego que aún así me busca. Siempre ha sido mujeriego, ya lo sabía yo. No es novedad. ¿Pero por qué querría confesarlo? ¿O es que ya no quiere nada conmigo? Nah, no me estaría escribiendo. O se mudó y no está más en España. No, eso no puede ser porque sino no me habría escrito contento porque coincidimos aquí. ¿Y si tiene una enfermedad venérea? Nooooo. No quiero saber cuál es su confesión

Terminar de leer la frase había resultado letal. Era una especie de droga para el cerebro, cocaína para el ego que lo alimentaba dándole de pensar lo peor. Como siempre. No sabía si contestarle, si ignorar el celular el resto de la noche, preguntar, esperar… Los segundos que transcurrían entre la lectura del mensaje y la contestación siguiente resultaban eternos. Un miedo la azotaba por dentro y su mente y su corazón se debatían por saber o no cuál era la confesión que él tenía.

En medio de los nervios que la consumían entró un mensaje. Entonces la curiosidad le ganó al miedo y leyó: “Estoy de reposo. Tuve un accidente” ¿Cómo? No puede ser. Esto sí que no me lo esperaba. ¿Qué le pasó? ¿Cómo fue? ¿Qué ocurrió? Acompañado por una foto que llegaría tan sólo unos segundos más tarde: él sobre una cama de un hospital, bajo la mesita con comida servida, con bata de enfermo, un yeso en una pierna, otro en la mano que levantaba acompañada por una sonrisa en su rostro, esa que siempre lo había caracterizado. ¿Por qué esto habría de ser una confesión y no un simple comentario más dentro de una conversación? No importaba. Finalmente habían coincidido en la misma ciudad. Ella también tenía su propia confesión, esperaría a decírsela en persona. Estaría segura de que se verían. Él se moría de ganas. Ella igual.

Se vieron. Fue en un hermoso viernes de primavera en Madrid, 8:00 pm, ambos solteros. Él, enyesado y en muletas reposaba su cuerpo sobre uno de los taburetes mientras compartían conversación y dos cañas dobles en un bar. En medio de esta ella dejó escurrir su confesión sin que él pudiera darse cuenta. Conversaban sobre la dificultad de emigrar, conseguir trabajo, y ella soltó: “yo trabajaría de lo que fuere”. Durante unos breves segundos hubo un silencio, el tiempo se detuvo y ambos se miraron. Y entonces él confundido preguntó: “¿Dónde? ¿aquí?”. Ella sonrió. “Sí. No me regreso en la fecha que te había comentado. Me he venido definitivo. Necesito paz en mi vida y una vida mejor.

-“¿Por qué no me habías contado nada?”
-“Quizás por la misma razón por la que tú tampoco me había contado de tu accidente”

 

 

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Volverlo a ver me emocionaba pues con él compartí un buen polvo de una noche

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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