Pareja contra la pared

Contra la pared

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Éramos adolescentes trasnochados cuando él comenzó a gustarme. Era de facciones delicadas y su ojos marrones eran expresivos y se iluminaban con esa sonrisa pícara y sincera que lo caracterizaba. Tenía barba y pelo largo. Cuando les conté a mis amigas que me gustaba, me tachaban de loca. Que era muy feo. Que era desaliñado. Que era peludo. Que había bajado mis estándares. Que aquel hombre era -físicamente- como ‘el comegente’.

Yo, en cambio, veía un diamante en bruto. Para mí, bajo ese enjambre de pelo veía un príncipe. Aunque debo confesar que a pesar de que era muy lindo, le hacía falta un buen corte de pelo.

Era soltero y bastante tímido, pero poco a poco me fui dando cuenta que aparecía de la nada a participar en conversaciones en las que yo estaba, me miraba de reojo, se sentaba a mi lado, me atendía, me susurraba al oído y toda esa clase de eventos que ocurren cuando dos personas se gustan. Un día, me pidió que lo acompañara a buscar unas cervezas en el refrigerador. Y de ahí en más, el código secreto fue ese: ¿Vamos a por cervezas? Coincidíamos en la cocina, me ponía contra la pared, nos comíamos desaforadamente a besos, nos metíamos mano. En cada reunión buscábamos una oportunidad para estar a solas y saciarnos mutuamente. Y así crecieron las ganas, los besos, los encuentros, la sed de tenernos, las estampadas contra la pared y hasta sus tatuajes.

Un día decidió cortarse el pelo y la barba, y con ellos se fueron también las ganas de vernos, los mimos, los encuentros y los besos. Quedaron sólo miradas esquivas de ambos lados, cosas no dichas, silencios incómodos; pero sobre todo, ganas reprimidas.

 

 

 

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