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Cambió mi vida

Cambió mi vida Posted on 30 mayo, 2014Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Dia de Campo en Calafate
Foto: @ngradecky (Archivo) Calafate, Argentina 2014

Hay personas que sin saberlo, cambian tu vida por siempre. Y es que todo en la vida pasa por alguna razón. Era nuestro tercer día de vacaciones en Calafate en medio de glaciares, brisas polares y paisajes de postal. Era como vivir en un sueño. Todo era perfecto. Excepto la tortícolis con la que amanecí. Lo único que deseaba era que se fuera pronto, porque al día siguiente iríamos al trekking sobre el glaciar y sería imposible con ese dolor. Por suerte este era un día tranquilo, de ir a una finca a conocer la vida de campo.

En las dos horas de recorrido a ese lugar, a bordo de un vehículo 4×4 que acentuaba mi dolor con cada brinco, lo conocí. Sus cejas prominentes me hacían acordar a los típicos gnomos del día de San Patricio. De conversación en conversación fuimos saltando de tema pero siempre manteniendo la distancia que caracteriza a los europeos del norte y del este. Le encantaba Argentina, era su cuarto viaje ahí y el tercero a Calafate. Vivía en Sidney pero había nacido en un pueblo remoto de Irlanda. Amaba el clima australiano, pero extrañaba a su familia. Me recomendó viajar por el mundo, mudarme de país, conocer San Antonio de Areco, una pequeña localidad a las afuera de Buenos Aires. Amaba Baires, había vivido unos meses ahí por trabajo. Era fisioterapeuta.

Pensé que había aparecido en mi vida para quitarme ese dolor. “¿Te puedo pedir un favor?” le dije poco antes de emprender el regreso a la ciudad. Sus ojos revelaban que mi pregunta era osada, quizás hasta invasiva. Extrañado, y sin saber qué responder, me miró diciéndome sí con una mirada poco convencedora. “Tengo un dolor espantoso en esta zona” con mi mano señalé mi hombro y cuello derecho, “Tengo tortícolis ¿me podrías ayudar?”. Se rió y me dijo: “Necesitaría una cama…”. Ahora la extrañada era yo. “…de masajes” continuó. Y haciendo puchero le dije: “¿Y no puedes agarrarme el cuello y girarlo como hacen en las películas y que se me quite ese dolor?” Sonreí. Se rió “No. Podría dejarte minusválida si lo hago”.

No me quitó la tortícolis. Lo que sí me quitó fueron las ganas de irme del país, de cambiar de lugar, de mudarme. O me nació la fuerza para, a través de sus historias y de la paz que ahí se respiraba, emprender un nuevo camino.

Cambió mi vida sin darme cuenta.

 

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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