Carta de amor

Foto: Photo by Dương Trần Quốc on Unsplash
Aquel inglés era mi amor platónico. Nunca supe por qué.

Estudiábamos en el mismo colegio desde pequeños. De niño, era sucio, desordenado, fastidioso y desarreglado. No podía ni verlo. Fuimos creciendo. Cada quien por su lado y en lo suyo.

Cuando ya éramos adolescentes, estaba claro que yo le gustaba: me miraba de reojo durante clases, conversaba con mis amigas para verme, buscaba excusas para hablarme, me molestaba con el único propósito de tener algún contacto conmigo. Yo, en cambio, no estaba interesada en relaciones. Los hombres me resultaban tontos e inmaduros, y él no era la excepción.

Sin darme cuenta, el tiempo fue pasando hasta que me enamoré. De él. De su cuerpo bien proporcionado y corpulento, de su cabello suave y rubio, de sus ojos verdes, de su diastema, de su sonrisa infinita, de sus tonterías, su alegría, pero también de la forma en que me trataba. Para cuando me di cuenta y lo admití, él ya tenía novia.

Consumida en mi irracional dolor adolescente, decidí traducir en palabras mis sentimientos para liberarme de ellos. Con dedicación me senté a confesar en papel mi amor hacia él, aunque no estuviera correspondido. Era la carta de amor más linda que alguna vez escribía a un hombre (o en camino a serlo). Mi primera carta de amor. El lunes por la mañana fui al colegio. Estaba ansiosa por regalarle mi escrito. Mis ojos lo buscaron con desespero en medio de la multitud, quería coincidir con aquellas metras verdes, tenerlo a solas para poder hablarle, y ver sus expresiones al leerla. No lo encontré. Cuando me rendí de buscarlo, apareció de sorpresa a mis espaldas. Lo aparté a un lugar donde pudiéramos compartir a solas y entre mejillas rojas le entregué la carta. Sorprendido la tomó y la leyó frente a mi sin mediar palabra. Al terminar sonrió incrédulo. Nos miramos fijamente y me dio un abrazo que hasta el día de hoy recuerdo. Nos queríamos, pero sabíamos que no era el momento. Quizás nunca lo sería.

Dos años más tarde, cuando nos graduábamos de la escuela y la despedida parecía ser definitiva puesto que él se marcharía a Inglaterra. Nos reunimos. Todo el grado coincidió en una celebración con música, comida y bebida. Como si de un príncipe se tratara, mi cara se iluminó al verlo. Compartimos tragos, cuentos, gestos a escondidas, miradas esquivas y palabras no dichas.

Avanzada la noche, entre los matorrales, nuestros labios se encontraron, nuestros cuerpos se buscaron como queriendo recuperar todo el tiempo perdido. Él continuaba besándome al compás de nuestros cuerpos. Y sin que pasara de unos besos y unas caricias, al oído me confesó: “llevaba años soñando con esto”. Yo igual. Pero preferí no hablar. “No te creo” fue lo único que alcancé a decir. “Créeme, aún tengo tu carta de amor guardada”.

Y dejó de importarme que nos graduábamos, que se iba del país y de mi vida por siempre. Saber que él tenía mi carta y yo sus besos… era suficiente.

 

 

 

—–
Sabías que el agasajado con esta carta de amor es el mismo con quien compartí pelis en casa.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *