Cómplices

Foto: Dmitry Ratushny (Unsplash)
Foto: Dmitry Ratushny (Unsplash)

 

Buscaba un cómplice. Alguien que me sirviera de apoyo moral a aquel viaje que emprendería a un lugar al que jamás había ido.

-“Acompáñame al estadio. ¡Por favor!”, le pedí a mi amiga.
-“¿Al estadio?” Su risa explotó como siempre solía hacerlo. “Si a ti no te gustan los deportes. ¿A qué estadio? ¿Para qué? ¿A hacer qué?” me ametrallaba a preguntas como buena periodista que estudiaba ser.
-“A ver béisbol” contesté.
-“¿Béisbol?” “Todavía fútbol lo entiendo, por aquello de ser argentina, pero ¿béisbol? nunca escuché que te interesara”
-“Solo acompáñame, te lo pido. Allá te contaré”.

Me pasó buscando en su cucho, ‘Pichirilo’ le llamábamos, por aquello de que se fatigaba en las subidas. Ella no entendía qué hacíamos yendo al estadio, pero yo ignoraba sus inquietudes con cuentos de la reunión que mi hermano había tenido anoche en casa. En el trayecto le narré las historias de la noche anterior. Era el tema perfecto, pues ella había estado allí pero se había tenido que ir temprano. “Conocí a un chico guapísimo. La verdad, lo conozco poco, por no decir nada. Pero pasamos toda la noche hablando. Es tan lindo y tan dulce. Creo que yo también le gusto”

Al llegar al estadio nacional subimos las gradas. Éramos casi las únicas ahí. A lo lejos, en el mismo sector, había unas 10 personas disfrutando del entrenamiento que se llevaba a cabo. “¿Qué es esto?” Decía entre risas “¿Qué hacemos aquí? Si aquí no hay nadie”.

“Llegamos tarde”, le dije mientras dejaba caer mi cartera en uno de los asientos para luego sentarme. Tomamos nuestros puestos y nos acomodamos cual cómplices en reunión. “Ok. ya estamos aquí. Ahora cuéntame”, me dijo deseosa de escuchar mi respuesta. La miré y se me escapó una sonrisa pícara, que evadí viendo hacia el campo. Y ahí estaba él, uno de los pequeños puntos que a lo lejos se veían sobre el pasto verde, con una camiseta blanca que pronunciaba sus trabajados brazos. Sonriente, y alzando su mano para saludarme. Sonreí inmensamente por dentro, procurando que ese gesto no saliera de mi cuerpo pero fue inevitable.

Cuando ella volteó su cara hacia mi me pilló sonriendo: “¿Ese no es el chico de ayer en tu casa? ¿El amigo de tu hermano?” Nos miramos y la risa fue mutua. Éramos cómplices y no había nada que explicar. Él la había botado de jonrón y yo había anotado mi primera carrera con él.

 

 

—–
Así fue continuando nuestra relación hasta llegar el día de San Valentín.

 

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