Propuesta indecente

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Me encanta que me complazcas -me dijo mirándome a los ojos fijamente mientras nuestros cuerpos desnudos dialogaban entre sí.

Los favores sexuales que me pedía siempre procuraba complacerlos. A fin de cuentas yo eran tan consentida como él y entendía lo rico que era sentirse complacido. Después de todo, él nunca me había pedido cosas que yo no quisiera hacer. Eso era lo raro de nuestra química, que sus fantasías, sus propuestas indecentes, sin saberlo, eran las mismas que las mías. Y yo, aunque no las exteriorizaba a menudo, terminaba disfrutando de ellas por él.

Y entonces, durante ese diálogo carnal, mientras su miembro trascendía mi derrière masajeándome lentamente por dentro. Mi cabello suelto caía encima de su rostro, mis caderas, subían y bajaban a su propio ritmo. Mi cuerpo se abalanzaba sobre el suyo acercándome a su cuello. Sus brazos extendidos por encima de su cabeza se rendían ante los míos. Sus manos inmovilizadas por las mías.

Fue entonces cuando haciéndome sentirme suya, mencionó mi apellido. Yo el suyo. Y ahí vino la frase ‘me encanta que me complazcas’. Sonreí. Interrumpí ese instante. ¿Si yo te pidiera que me complazcas en algo, lo harías?
-Claro, contestó en medio de una sonrisa y mirándome a los ojos
– ¿Puedo pedir lo que quiera?
– ¡Sí!, respondió con seguridad
– ¿Lo que quiera? ¿Seguro?
– Que sí, que sí..

Esperé a que se acabara. El acto, él y yo también. Entonces, cuando ambos jadeantes y henchidos de placer reposábamos uno al lado del otro sobre el sillón, me alcé poniendo una mano sobre su pecho y mirándolo a los ojos dije: te tengo una propuesta. Largó carcajadas de su boca… No te rías. Es una propuesta indecente.

Bajo ese nombre todo resultaba más atractivo, pero esa vez no lo hice por venderle la idea, sino porque realmente el nombre ‘propuesta indecente’ describía mi solicitud. Esperé unos segundos -que me resultaron eternos- para tomar coraje y pronuncié: quiero ir contigo a un bar de swingers.

 

 

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