Cenicienta urbana

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Foto: @ngradecky (Archivo) Madrid, 2016
En medio de un caluroso día de verano, bajo el resplandeciente sol madrileño y la espesa brisa estival había logrado sobrevivir otro arduo día de trabajo. Todavía tenía que llegar a casa a preparar algunos artículos, pero para ese entonces no disponía de Internet en casa, así que le pedí a una amiga ir a la suya. Tenía las llaves de su casa, pero ese día, por supuesto, las había olvidado. Con tal de no perder el viaje opté por entrar a un bar con WiFi.
Esa tarde-noche me dediqué a escribir sin parar. Un agua fresca, una tortilla y dos cervezas más tarde, a las 11 de la noche, decidí tomar el metro de vuelta. Ya en mi barrio, logré arriar mi cuerpo por las tres cuadras que me quedaban hasta llegar a casa. Ya en la última bajé la velocidad de mis pasos. Cuando alcé la vista descubrí, a pocos metros de mi, un hombre de traje, con aparente buen lejos, que a la par que abría su portal, se asomaba a la calle mirándome fijamente. Él entró y yo continué mi caminar, y al caer en cuenta que era mi portal también aceleré mi paso para entrar sin necesidad de llave.
Logré acceder al edificio antes de que la puerta se cerrara. Él continuaba su andar y yo corría a lo largo del pasillo para llegar a tiempo al ascensor. “Voooy” grité en voz baja a lo largo del pasillo. Él amablemente sostenía el botón de parada. Preguntó: “Subes?” – “Sí”, contesté tras un profundo respiro y alzando mi vista para sorprenderme. “¿A qué piso vas?” preguntó con su dedo sobre el tablero. “Al 6 por favor.” – “Yo igual” respondió con una sonrisa. Lo tenía casi pegado a mi cuerpo, aún me pregunto ¿por qué a pesar del pequeño espacio, él no se movía hacia el fondo del ascensor?
Era alto. Tenía cabellos color canela, del largo de las orejas, lacios y brillantes. Su ojos eran marrones y expresivos. Su rostro a medio afeitar. Perfectamente trajeado, de camisa blanca con cuello ópera, pantalón de vestir y chaqueta negra. Su sonrisa era pícara y dulce. Y si les soy plenamente sincera sentí que era mi príncipe azul, que cual Cenicienta urbana me esperaba; no al borde de la escalera, pero sí del ascensor, como en un cuento moderno.
“Qué calor hace” pronunció a la par que desabotonaba su camisa. En ese elevador de 1×1 con forma de submarino y con ese bombón a mi lado sin duda hacía más calor que en la calle, donde al menos corría la brisa. Prefería asentir mirándome los zapatos para caer en cuenta de una triste realidad. Yo vestía unos vaqueros desgastados arremangados hasta los tobillos, una camiseta sin mangas estilo playera y unas zapatillas sucias. Una pinta digna de una niña de la calle. Entonces sí me sentí como la propia Cenicienta.
Pero no porque hubiese perdido mi zapato -que no lo perdí- en la escalera hacia el séptimo piso, al que también iba él. Sino porque al entrar a casa me di cuenta que los platos no estaban lavados y que la ropa en la lavadora esperaba ser colgada. La cruda realidad de una Cenicienta urbana.

 

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