Migrar

Foto: Sofia Sforza (Unsplash)
Foto: Sofia Sforza (Unsplash)

 

 

Un mes antes de migrar -quizás definitivamente- a Buenos Aires, nos reencontramos. Nos habíamos conocido unos cuatro años antes mediante una amiga en común. Sin mediar palabras. Sin medir plazos. Sin siquiera conocernos en profundidad. Una salida bastó para enamoramos perdidamente.

En ese entonces, él no tenía trabajo. Yo tampoco, lo había dejado para armar maletas e irme en busca de un futuro digno en otro país. Así que desde el amanecer hasta que cerrara el metro estábamos juntos. Nos pertenecíamos mutuamente casi 24 horas del día: caminábamos de la mano, almorzábamos donde nos pillara la tarde, dormíamos bajo la sombra de los árboles, íbamos de museos, recorríamos el centro de Caracas, descubríamos mimos, nos besábamos en la plaza, bailábamos a solas, íbamos a la playa, me cantaba al oído, nos tomábamos fotos, cenábamos juntos, pasábamos horas al teléfono…

Inevitablemente llegó el día de migrar, ese que llevaba años queriendo vivir y un mes queriendo abandonar. Me marché a mi tierra natal y dejé a mi gran amor. Lloraba silenciosa y desconsoladamente por los pasillos del aeropuerto. Ya sentada y lista -o no tanto- para partir, me llamó. Nos despedimos por última vez. Ambos sabíamos que esto ocurriría, pero la muerte no duele menos porque esté anunciada.

Llegué a Buenos Aires. Y me nutrí de esa sensación de poder que te otorga el ser un desconocido en otra tierra. De esa fuerza inexplicable que te brinda un lugar nuevo, un recomenzar, ser otro, re descubrirte o finalmente, descubrirte. Me recibió mi familia. El sentimiento es inexplicable. Me recibieron con churros y medialunas con café con leche en casa de la abuela. Tras los agasajos del comité de bienvenida, una buena siesta y una ducha me encontraba cómoda y feliz pero incompleta. Después de todo, era consciente de que una parte de mí estaba en el ala norte de ese mismo continente.

A la salida de la ducha me enfrenté al espejo y con convicción me dije a mi misma: “Hoy, comienza una nueva vida. Llena de retos, gente nueva, y un universo de cosas por descubrir. Desde aquí, en estas nuevas tierras, sola y soltera, dejo atrás a ese amor, los grandiosos momentos, las experiencias y vivencias que compartimos”. Respiré profundo y me fui a mi habitación. Era un cambio grande en mi vida, pero lo había elegido yo, y estaba feliz por ello.

Pocos minutos antes de dormir suena mi teléfono. “Quería escuchar tu voz. Me haces falta, más de la que imaginaba. Estoy triste sin ti aquí y hace apenas horas que te fuiste… Solo quería que supieras que te amo”.

Un comentario en “Migrar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *