Strip Poker

247c8-que_pase_el_proximo_juego_strip_poker

 

 

 

Desde pequeña mi madre siempre insistió en que se debía tener ropa interior impecable. Limpia, bonita y en buen estado. Poca atención le presta uno a esas cosas de niño o de adolescente. Cuando crecí y se me ocurrió preguntarle los motivos contestaba: “uno nunca sabe si le toca ir a la clínica de sorpresa. Siempre hay que estar bien”. ¡Qué drama! El toque argentino en mi vida. Pero, tiene sentido. Quizás tenga razón.Años más tarde, en otras latitudes y lejos del drama, aprendí la verdadera razón. Una noche cualquiera una amiga me había invitado a un concierto en un bar con un grupo de amigos suyos. Tras un cambio de planes terminamos en casa de uno de ellos bebiendo cerveza y viendo vídeos. De una hora a otra jugando “yo nunca he” y para cerrar la noche con broche de oro: Strip Póker.

Cuando comenzamos me hice la idea de que perdería como en la guerra. Terminaríamos todos desnudos e intercambiando fluidos en una suerte de orgía, como en las películas. Aunque quizás mi buena suerte me ayudaría a salir ilesa. Yo acataba las normas rigurosamente y exponía públicamente mis dudas poniendo en evidencia mis vagos, casi nulos, conocimientos en torno al juego. Aún así sabía que era imposible salvarme de la exhibición de mis carnes, sobre todo porque estaba en considerable desventaja puesto que todos los jugadores contaban con al menos un par de zapatos y dos prendas de ropa. Yo en cambio, me había despojado de mis zapatos al apoltronarme, horas antes, en el sillón y mi única prenda era un vestidito veraniego.

Los más pudorosos, producto del miedo a ser íntimamente exhibido en público, perdieron su ropa rápidamente, como suele ocurrir. Orgullosa puedo decir que me mantuve vestida durante largo rato, disfrutando al ver a otros desvestirse. La única otra chica en juego estaba preocupada por su ropa interior desgastada, sus pantys de abuela reveladas serían una aparente catástrofe en su vida. Yo, como suele sucederme a diario, había olvidado qué íntimas llevaba puestas en el momento que salí de casa. Estaba tranquila, disfrutaba del juego y procuraba aprenderme la escala básica del póker: pareja, doble pareja, trío, escalera, color, full, póker, escalera de color y escalera real. Sin haber terminado de aprenderme la seguidilla del juego, llegó mi primer fallo, y con él mi vestido veraniego al suelo.

Lejos de toda la sensualidad con la que están imbuidas esta clase de juegos en las películas, de los cuerpos esbeltos y trabajados, lejos de todo aquello, quedaron los cuerpos masculinos al desnudo, ella con su panty de abuela en evidencia y sus pechos al aire, y yo orgullosa de haber seguido a cabalidad la norma impuesta por mi madre años atrás.

 

 

—–
Ese día conocí a un hombre que me hacía sentir cómodamente “desnuda”.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *