Noches adolescentes

Foto: Jens Johnsson (Unsplash)
Foto: Jens Johnsson (Unsplash)

 

 

 

 

Cuando la mayoría de los adolescentes estaban de fiesta, dándole a sus hormonas mejores motivos para entretenerse, probando su resistencia al alcohol, interactuando con el sexo opuesto. Yo, en cambio, invertía mis horas leyendo libros, viendo películas o compartiendo en familia. Como mucho, de paseo al centro comercial con mis amigas. Y alguna que otra fiesta con los amigos de mi mejor amigo.

Llegado el verano, a mis 18 años, fuimos a Buenos Aires. Ese año fui por primera vez a una discoteca: Retro, un antiguo y conocido teatro de la capital. Mi prima tenía entradas y nos invitó a mi hermano y a mi. Éramos como los tres mosqueteros: siempre juntos, en las buenas y en las malas.

Admito que fue todo una experiencia. Apenas luces al entrar, todo muy oscuro. Sólo las que apuntaban a las bolas disco acristaladas y algunas luces moradas que me dejaban verles los dientes y ojos verde-amarillentos a la gente. Eran varios los pisos por encima de nosotros. Decoraciones clásicas a nuestro alrededor, cortinas, balcones. Todo inundado de gente bailando, bebiendo, besándose como si no hubiera mañana. Mujeres semi-desnudas bailando sensualmente sobre las cornetas y las barras de los bares. Barmans habilidosos servían tragos por doquier. En el antiguo escenario estaba el DJ, que se esmeraba por poner música animada. Música seguramente más alta que los decibelios permitidos, porque no escuchaba ni a mi prima que me hablaba al oído. Los hombres, o bueno, camino a serlo; cual leones enjaulados, estiraban sus manos para rozar mi brazo o -con suerte de ellos- alguna que otra parte de mi cuerpo.

Otros pasaban y me decían alguno que otro halago, me guiñaban un ojo. Los menos rápidos me tropezaban a propósito para tener que “disculparse” con un beso en la boca. El más avispado se presentaba y me invitaba a follar tras las cortinas, o en unos aparentes cubículos a disposición del público bajo el escenario.

A mi todo aquello me superaba. Estaba anonadada. No entendía nada. Pero ahí estábamos los tres mosqueteros y el D’Artagnan que se había ligado mi prima que lo que quería era acostarse con ella, conmigo o con ambas.

 

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