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Príncipe de discoteca

Príncipe de discoteca Posted on 1 octubre, 2014Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: One Wedding on Unsplash
Esa mañana llegué a casa a las 8:30, con una sonrisa imborrable, y de la mano de mi príncipe de discoteca.

Sin avisar se acercó a bailar conmigo. Varias pistas más tarde noté que mi grupo de juerga se había esfumado, quedando a solas con él, cantando y bailando. Lo sentía abrazarme con fervor, como no queriendo dejarme ir.

La delicadeza con la que me tomaba de la cintura, la forma en que su cabeza calzaba en mi cuello, sus besos sutiles en mi mejilla, sus brazos rodeando mi espalda y sus manos sellando las mías al compás de la música. Sus ojos mirándome fijamente en medio de la canción, su voz cantándome al oído, sus abrazos… sus… abrazos. A la par de todo aquello que me marcaba segundo a segundo, la gente a nuestro alrededor parecía desaparecer en esta especie de sueño. Y no quedaba nadie, solos él y yo. No sé quién es, qué hace ni cómo se llama, pero hace todo esto se sienta bien. Me gusta este hombre.

Se encienden las luces del local. Sin darme oportunidad de conocerlo desaparece de mi rango de visión. Asumí que era el final de nuestro idilio. Dejé mi agua sobre la repisa, tomé mi cartera y cuando me volteé hacia la salida, estaba él sonriente estirando su mano hacia mi. ¿Este quién es, un príncipe que se perdió en una discoteca? Su gesto me sorprendió tanto como sus abrazos de oso y su trato sutil.

Nuestros nombres fueron nuestro primer intercambio al salir del local. Unos metros más adelante me tomó de la mano, otros más y detuvo nuestro andar súbitamente para abrazarme y besarme. Paseábamos disfrutando de Madrid, de su madrugada, de sus calles solitarias y del frescor de la mañana. Alzaba mi vista para encontrarme con sus ojos marrones mirándome son sinceridad, su sonrisa ‘Colgate’ abierta de par en par; y sin dejarme tiempo para detallarle demasiado me tomaba entre sus brazos, me apretaba contra su cuerpo y me besaba por largo rato. En el metro, en la calle, en los bancos, contra las paredes, los árboles y los autos, parecía una suerte de deseo incontenible de tenerme. Entre mimos paseábamos de la mano como dos tontos enamorados, como dos quinceañeros, 15 y 20 años más tarde.

Me encantó el sabor de sus besos, la sensación de sus vellos rozando mi barbilla, la de sus manos recorrer mi espalda, cómo de un arrebato me apartaba de la calle para besarme, cómo me cogía de la mano, y la forma en que sus abrazos de oso me dejaban sin aliento. Me enloqueció que me acompañara hasta casa, recorriera el barrio conmigo, me dejara en el portal y me despidiera con un beso.

Pero sobretodo que después de despedirse en el portal, se devolviera para darme un penúltimo, y último beso… me enloqueció todo él: mi príncipe de discoteca.

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Fue él quien otra noche me proporcionó un doble disfrute.

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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