Blanco y negro

Foto: William Stitt (Unsplash)
Foto: William Stitt (Unsplash)

Contaba mi madre, al día siguiente de haberte conocido, que la sonrisa en mi rostro no era normal. Sin contarle nada, sabía que esa noche había conocido a un chico increíble, y que sin darme cuenta, me había enamorado. Eso lo notó sin saber la noche que había tenido a tu lado. No nos habíamos entregado el uno al otro… nos habíamos conocido, pero aquello había resultado suficiente.

Me marcó tu sonrisa, su templanza ante la vida, lo bien que te tomas todo, lo poco que te afectan las cosas, lo lindo que eres, lo bien que me trataste. Fue inmediato mi interés por ti. Fue mágico. Éramos compatibles de un modo casi inexplicable porque no soy de redes, cálculos ni números, ni tu de artes o escritos, pero nos amalgamábamos.

Sin anestesia llegó el día en que tomé la difícil decisión de dejarte. No por otro sino por mí. Porque no sabía cómo manejarte. No sabía cómo enfrentar tu paz, esa que a mi me hacía falta. No sabía cómo integrarme a tus cuentos con especificidades profesionales que solo te concernían a ti. No entendía cómo ni por qué me desesperaba tu forma de ser, pero continuaba queriendo verte cada día. No entiendo cómo me hacías falta aún teniéndote a mi lado. No entendía por qué no podía ser más dulce contigo, siendo tu tan especial conmigo. No sé cómo a pesar de entregarme a ti no me seguí enamorando. No sabía ni cómo dejarte después de tan grandiosos tiempos.

No entendía cómo el día en que te conocí soñé con una historia de amor multicolor y me salió en blanco y negro.

 

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