No es un sueño

Foto: Freestocks.org
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Las luces estaban encendidas, dos copas de vino nos acompañaban en aquella noche fría al compás de una incómoda conversación sobre asuntos familiares que siempre apuntaban a mi. ¿Por qué siempre tengo que ser yo quien cuente sus cosas y no los demás? ¿Por qué no me cuenta él de sus problemas, desgracias y desaciertos, y siempre tengo que ser yo el eje central de la conversación?

Perdí el récord de las copas y de cuándo llegó la hora de dormir, o… de otras cosas. Me sentó sobre el borde de la cama y encajó sus piernas entre las mías, besándome la boca entre sus manos frías.

Se recostó sobre mi cuerpo, tumbándome sobre la cama. Nuestros besos se enfurecieron, se aceleraron, nuestras manos recorrían desesperadamente nuestras curvas, nuestras grasas, nuestras imperfecciones. Las respiraciones se agitaban, nos devorábamos a besos y la ropa volaba de un extremo a otro de la habitación. Un calor pasional inundó la habitación. El único rastro que quedó de frío fue el chirrido del viento al atravesar las puertas y ventanas. Y en ese mutuo acuerdo de “aquí fue”, él se detuvo repentinamente, se paró de la cama y fue a apagar la luz.

“¡No!” Grité regalándole una sonrisa. Le puse mi cara seductora-tierna y le pedí que dejara las luces encendidas. Me gusta verte, vernos juntos, nuestras pieles rozarse, sentir tus pliegues y los míos conocerse, descubrirnos cicatrices, y esas imperfecciones que me hacen saber que lo que vivo no es un sueño, que eres real y hermoso, que por fin te tengo a mi lado, y que sin saberlo, esperaba con ansias este momento.”

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