¿El tamaño importa?

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A mi esta pregunta sobre si el tamaño importa ya me supera. Les voy a confesar, no la soporto. No me interesa, sólo me interesa lo que llegue a mis manos… boca…bueno, ustedes me entienden. Pero el otro día me topé con esta nota sobre el tema y decidí escribir al respecto. Siempre me he preguntado ¿Por qué tanto revuelo por ello? No se trata de conexión -en algunos casos, claro está-, o de desempeño? No sé, es lo que me parece, pero bueno, finalmente ¿quién tiene la razón en esta discusión? Los que lo tienen grande naturalmente ganan la batalla porque siempre a ellos se los promociona.

Lo cierto es que cada vez que sale el tema no tengo cómo sustentar que no creo que importe tanto el tamaño. Y siempre sale alguna -o algunas- que me dicen: será que no te has topado con ninguno realmente pequeño. Y ciertamente he concluido que debe ser eso, o bueno, realmente fue eso… hasta ese día.

Y es que una noche nos reunimos con un grupo de amigos a beber en casa de uno de ellos, de a poco fueron cayendo amigos al encuentro y la velada se redujo a un Strip Póker. Yo estaba ligando no perder partida porque estaba en considerable desventaja con mi vestido y sin zapatos, mientras que mis contrincantes contaban todos con zapatos y al menos dos piezas de ropa.

Lo cierto es que uno de los chicos, que además hacía rato venía contando que a los 17 años se abrió un piercing en el pene, y ya estábamos todos retorciéndonos del asco o la impresión que nos causaba el imaginarnos el dolor de tal hazaña, fue el primero en tener que desnudarse por completo. Desvergonzadamente se quitó sus calzoncillos y ahí estaba él…

Ese diminuto miembro flácido, recogido, contorsionado, más bien. Casi imperceptible al ojo humano. Un abrebocas de miembro, pero no porque su gran atractivo sexual invitara a uno a abrir la boca y deleitarse, no. Tampoco porque su magnitud impresionara a tal punto de hacer abrir la boca al espectador. Era todo lo contrario. Este ejemplar era un abrebocas porque impresionaban sus diminutas dimensiones. Yo había quedado sorprendida de haberme topado -por primera vez en mi vida-, y gracias a Dios sólo de vista, con un miembro tan pequeñito. Y de paso tenía que disimular mi asombro entre los presentes.

Cual angelito de Raphael, aquella masa pesada y robusta, cubierta de pliegues y estrías, estaba coronada por un desproporcionadamente pequeño miembro. Yo en silencio solo agradecía haber sido espectadora de aquella “obra de arte” y no catadora, porque a juzgar por los cuentos que corren, ahora entiendo, y no me queda duda, que lo del tamaño sí importa.

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