Me gustó…

Foto: Christiana Rivers (Unsplash)

 

 

Me gustó… todo de ti. Desde el momento en que te vi, no sé si me enamoré, pero moría por conocerte.

No me olvido más de tu altura, de tus ojos, de tu sonrisa. Eso fue lo que me cautivó de ti. Me gustó cómo esos pequeños ojitos marrones contrastaban con esa gran sonrisa que iluminaba tu cara. Te miraba de reojo porque no había indicio alguno de tu parte para pensar que te gusté. Pero entre miradas me di cuenta que tu también me veías. Y en ese juego secreto me mantuviste interesada.

Me gustó que de repente comenzaste a abrazarme porque tenía frío. Y ahí entre tus brazos me sentí protegida, refugiada tras esa espalda que doblaba en tamaño la mía. Sin conocerte me moría por estar en tus brazos. Dentro de ese cuerpo grande y alto. Gané un mínimo de esperanzas para poco a poco cruzar alguna que otra palabra entre miradas escondidas. Supe que algo de mi te cautivó.

Entonces te invité al sillón. Me costó conseguir el coraje para decir tal tontería, y creo que también a ti te costó decirme que sí. Pero fue sobre ese poco mullido sofá que me di cuenta de lo lindo que eras. Tus brazos, tu mirada, tus manos, tus caricias y tus besos. Me consumí entre ellos, nos consumimos mutuamente para luego no volver a vernos nunca más.

 

 

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El protagonista de esta historia es el de la pasta riquísima

 

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