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Lavar los platos

Lavar los platos Posted on 21 noviembre, 2014Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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Quizás una de las tareas más aburridas de la casa sea lavar los platos. Al menos para mis registros. Y eso que soy bastante hacendosa y apañada con las labores del hogar.

Lo cierto es que aunque disfruto las tareas domésticas, siempre y cuando sean en su justa medida, admito que luego de haber deleitado al paladar, enriquecido a la barriga y contentado al corazón, tener que pararse a lavar los platos es la peor noticia que puedes recibir. En esa ocasión lo era aún más porque estábamos en casa de sus padres y yo pues, no les iba a hacer el desplante de no fregar. Así que concluida la cena me paré del asiento y fui a lavar.

Su padre se había sentado en la sala a tomarse una copa. Él había salido a fumar. Y entonces, me sentí sola. Detallando las baldosas frente a mi, su diseño, las juntas que las unen. La marca de jabón de manos que acompaña al detergente que asegura tener olor a limón. No siento aroma alguno a limón, me equivoco, es el de manos el que asegura tener ese característico olor cítrico. Pienso en los restos de comida que se deslizan por la vajilla, que nunca se parece a los comerciales del producto limpiador y me retuerzo al pensar que todos ellos se arrinconan en el sumidero obstruyéndolo y creando ese desagradable mazacote que a nadie gusta limpiar. Prefiero pensar en cosas más bonitas.

Repentinamente él me aborda por detrás en un abrazo que me sobresalta. Su respiración seduciendo a mi oreja, sus brazos rodeando mi torso, sus piernas perfectamente dispuestas detrás de las mías. Me besaba el cuello, me pellizcaba la oreja con sus labios y me acariciaba mis caderas con sus brazos calentitos. Yo había olvidado que estaba lavando platos y me recostaba sobre su cuerpo para poder besarlo en la boca. Sus manos descendieron a mi entrepierna rozándome con delicadeza. Me hervía la sangre.

Con qué ganas habría dejado el agua corriendo, los trastes sucios y el detergente en contacto con el agua haciendo una montaña infinita de jabón que terminara rodeando nuestros cuerpos mientras nos consumíamos ahí sobre el fregadero, sin importar la humedad, la cuenta del agua, o su padre, que estaba sentado en la sala, a tan solo 10 pasos de nosotros.

Si, fue todo un sueño, producto de mi descabellada y sucia imaginación que no se conforma con que el aburrido ritual de lavar los platos se convirtiera, gracias a él, en unos mágicos segundos de sentirte querida y considerada con en simple gesto de cariño al ser abordada por detrás y mimada en varios sentidos.

Aunque confieso que con esas dulces consideraciones a diario, haría los quehaceres del hogar sin chistar.

 

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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