Molière

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Tenía nombre ilustre: Molière. La piel lisa, firme y negra como el carbón. Una sonrisa resplandeciente. Tenía unos 10 años más que yo, calculo, quizás más y unos ojos color azabache. Lo conocí en la ciudad e la luz, en el RER vía la Torre Eiffel. Era mi primera vez en ese sistema de transporte y llegué a él gracias a un inglés que me condujo hasta ahí asegurando que sería la vía más rápida. Estaba en lo cierto.

Me acerqué a hacerle una pregunta y me respondió buscando conversación. Él era Camerunés, con más de 20 años en la ciudad de la luz y yo, una argentina con acento venezolano, viviendo en Madrid y paseando por París. No me negué a practicar mi francés. Conversamos sobre nuestras vidas: profesión, viajes y orígenes. ¿A qué te dedicas? Yo soy periodista, contesté humildemente, ¿y tú? Me miró con una sonrisa pícara ¿de Playboy? me reí, “No”.  ¿Fútbol? Mis risas respondieron por sí solas. Se rió conmigo a la par, y repentinamente, de su bolsillo sacó un un pequeño estuche negro, al abrirlo, una placa de policía.

Levanté las manos y con mi francés pobre le dije, soy culpable de hablar muy mal el francés, pero no me lleve por favor. Se rió en voz alta. Pasamos tan buen rato en aquel corto período de tiempo que a Molière no lo olvidaré en mucho tiempo.

Lamentablemente, luego me tocó conocer la forma en que su risa se opacaba minutos más tarde, cuando le negué dejarle mi mail, teléfono o cualquier otro contacto.

 

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