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Llevarme arrastrada

Llevarme arrastrada Posted on 2 marzo, 2015Leave a comment

Soy una feliz y soltera, periodista y escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: Desi Mendoza (Unsplash)
Foto: Desi Mendoza (Unsplash)

 

 

Como por arte del destino coincidimos esa noche, no una vez, sino tres en aquella inmensa discoteca en el barrio de Palermo, en Buenos Aires. Un imperdible de la ciudad.

Había salido con mi prima de fiesta. Tras una larga y profunda conversación sobre las señales y el destino optamos por refrescar aquellas densas charlas con un poco de Fernet.

Al cabo de un rato volvimos a la misma barra. “¿Qué vas a tomar?… Ron, Fernet, Gin Tónic, la Cuba Libre sé que te gusta, un Martini…”, me pregunta mi prima. Aunque para mi la respuesta era obvia, para ella evidentemente no. “Ya empezamos con el Fernet, seguimos, o ¿acaso quieres llevarme arrastrada a casa?” Aquella oración habría pasado desapercibida en cualquier otra ocasión o caído como en saco roto en otro país, pero los argentinos a la hora de ligar son más rápidos que cualquier ave de rapiña. Haciendo justicia, un hombre se paró a mi lado en la barra y alzando su mano al cielo, sin dejar de mirarme a los ojos, dijo: “Tomen lo que quieran chicas, yo te llevo a donde quieras al salir de acá”. Sinceramente no recuerdo mi reacción ante tal shock, probablemente me reí a carcajadas, pero sé que intercambiamos de dónde éramos, me dijo que era argentino viviendo en Sidney que venía a pasar unos días de vacaciones. Mi historia replicada pero con Madrid.

Servidos nuestros tragos nos dirigimos a la pista. Después de un rato bailando y espantando a hombres como moscas, no tanto porque seamos guapas -que lo somos- sino porque los hombres ahí son tremendos, ya se los digo. En medio del baile, manos arribas, mi prima y yo enfrentadas, yo dando una vuelta sobre mí misma, siento unas manos que desde mi espalda recorren mi cintura. Me abrazan. Son brazos fuertes, deben ser masculinos y de un hombre de baja estatura. Recuesta su cabeza en mi espalda y baila a mi ritmo. Se acaba la canción y cuando me volteo… es él, ¡el mismo chico de la barra!

Yo a este punto ya voy a comenzar a creer que esto es obra del destino, entre la conversación y este encuentro. En cuanto se da cuenta que soy yo me dice emocionado y sonriente: “¡boluda sos vos!, la del acento, qué divina, me muero. Aaay, habláme, habláme que me encanta tu tonada”, abraza mis piernas entre y me alza en el aire. Yo moría de la risa. Mi prima a la par. Me negué a rechazarlo porque si me resistía se me vería la ropa interior, así que esperé que se le bajaran las revoluciones y le dije: “¡Basta! bájame, por favor”. Accediendo a mis plegarias me devolvió a la superficie, me intentó besar y como me negué se esfumó. ¡Ay Dios mio! Este hombre… *suspiro*

Continuó la noche entre varios bailes y tragos, y cerca de las 3 de la mañana, cuando estaba por cerrar el local, quedando pocas personas en la pista, se nos cruza nuevamente -y de sorpresa- el hombre de la barra. Muerooooo, ¿esto seriamente es el destino? A mi que me lleve arrastrada a donde quiera. Bailábamos las dos a solas, cuando un grupo de chicos se acerca a bailar con nosotras y vemos que uno de ellos es Sidney. En cuanto se da cuenta que soy yo, me abraza de nuevo, empieza a bailar conmigo de manera ardiente y en segundos me aparta de la pista de baile para recostarnos de una pared. Comenzó a seducirme besándome el cuello, tomándome de la cintura y yo me derretía por dentro y por fuera…hasta… que…

Me besó. Y se fue todo a la mierda porque abría tanto la boca y sacaba tanto la lengua que me sentía besando a una vaca.
¡Puto destino!


 

Soy una feliz y soltera, periodista y escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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