Arma tu maleta…

arma tu maleta
Foto: @ngradecky (Archivo) 2016

 

 

 

Arma tu maleta, nos vamos de viaje.

Clásica frase de película, que no nos creeríamos posible recibir. A mi me pasó, a ti también podría.

En ese entonces había viajado a París para verlo. El hombre que hacía pocos meses conocía y con quien tenía planes de mudarme. Había llevado una maleta pequeña con ropas informales y uno que otro vestidito lindo, por suerte.

– ¿De viaje? ¿A dónde? Pero si he venido yo de viaje… a verte
– Pues, toma, aquí tienes la mitad de mi maleta, pon algunas cositas lindas de salir y listo
Este hombre me habla con aquel desparpajo como si se tratara de algo normal… ¿A dónde vamos?
– Es una sorpresa, tu empaca que yo mando unos correos y ya nos vamos a dormir
– ¿Ahora?
– Sí, claro que ahora. Empaca que nos vamos mañana temprano
Con todas estas oraciones imperativas no me está simpatizando esto. ¿Pero frío/calor? Aquí es cuando uno se da cuenta que eso que has criticado en todas las películas en las que se ha desarrollado esta escena son ciertas. A las mujeres nos encanta tener el control y que venga un hombre y nos haga planes sorpresa nos descoloca… ¡Ay no! ¿Y qué llevo si solo traje un tipo de ropa? ¿A dónde nos iremos ahora? Con lo que me gusta a mí París. Mi cabeza seguía dando vueltas sobre interminables preguntas tontas.
Me bastó ver su cara qué-pesada-te-pones para terminar resolviendo de meter cuatro cosas en su maleta para poder dormir ‘tranquila’.

A la mañana siguiente, mi novio me despierta. Su emoción no es normal. Yo, habiendo dormido como un bebé y olvidado el viaje sorpresa me pregunto ¿Y a este hombre qué le pasa? Por fin ha llegado este día. Me moría porque descubrieras a dónde vamos. Para entonces, mi corazón ya estaba apachurrado de amor… ¿ya puedo saberlo?
No hasta que lleguemos a destino. Es una sorpresa hasta el final.
Vale 🙂 Él es tan dulce

Decido vencer mi curiosidad y doblegarme. Vamos a la estación de trenes. Él el detallista y cuidadoso hasta el más mínimo detalle. Estoy clara, de paso, que está haciendo un inmenso esfuerzo por no decirme, sin contar en tener que estar pendiente de que yo no escuchara o viera carteles de nuestro tren y el destino final. Me tapaba las orejas antes los anuncios por si decían algo respecto a nuestro tren destino.

Sus ojos brillaban de emoción durante el viaje. No sé quién de los dos tenía más ilusión. Pero sin duda que a donde fuéramos, la magia que despedía todo era inmejorable. Sobretodo porque llegamos a Ámsterdam, una ciudad que no sólo no conocía, sino además, cuna de uno de mis artistas plásticos favoritos: Van Gogh.

Su sorpresa -desde el “arma tu maleta…” hasta el final- fue el mejor recuerdo que me quedó de aquel viaje, no pudo quedarme más pues de la emoción de llegar olvidé la cámara en el tren.

 

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