Me traicionó…

Foto: Scott Walsh (Unsplash)
Foto: Scott Walsh (Unsplash)

 

 

 

Me traicionó la cordura aquella noche.

Fue por casualidad que nos conocimos en una fiesta privada. Por asuntos de trabajo coincidimos ambos en aquella íntima y sencilla celebración. Estuve con mi jefe conversando un rato hasta que se puso a conversar en la barra mientras ordenaba un trago. Y en ese intermedio apareció él, buscándome conversación.

En realidad estaba a mi lado desde que llegamos y nos hicimos cargo de aquella mesada. Yo no lo había notado. Estaba sobresaturada de información: del día, de las reuniones, de estar compartiendo una fiesta con mi jefe… ni cuenta me di de su existencia hasta que se presentó.

Era curioso estar cada uno fuera de su zona de comfort conociendo a alguien en otra latitud que compartiera tu mismo trabajo. Así fue. La conversación daba para mucho, pero la mantuvimos abreviada. Nos tomamos fotos juntos, me invitó a pasear, a vernos al día siguiente, incluso logré que aquel palo de hombre inglés bailara conmigo a regañadientes. Me sentí como una diosa durante unos minutos.

Ya cerca de las tres de la madrugada, con un exigente horario que cumplir la mañana siguiente, pero tras haber pasado una maravillosa noche a su lado, nos preguntamos mutuamente ¿y ahora qué hacemos? Me abrazó fervientemente y me dijo: “te llevaría a un hotel ahora mismo para que nunca me olvides, pero la verdad es que estoy parando con unos compañeros de trabajo y no quedaría bien”. Lo miré sonriendo. Su cara de desconcertado era un verdadero poema. “Te entiendo -contesté- al mío tampoco podemos ir porque estamos en un piso alquilado con mi jefe y otras dos mujeres de la revista”. Me besó, me abrazó y me tomó de la mano con ánimos de pasear. Al llegar a la esquina se sentó en una banca y me dijo: “¿tomamos un taxi y vamos cada quien a su casa?”

Y fue entonces cuando me traicionaron las hormonas, el alcohol se aprovechó  de mí y las lágrimas se manifestaron en mi cuerpo. Miraba la calle y me sentía sola, ahí acompañada por él. Lloraba sin control y en silencio. “¿Qué pasa? ¿Estás bien?” me preguntó con ternura acariciando mis cabellos. Yo no sabía ni cómo explicarle, porque conscientemente sabía que era tonto llorar, pero no podía dominarlo. Con la mayor de las calmas pero aún bajo lágrimas le dije: “es que hemos pasado una noche maravillosa que hacía años no tenía, nos conocemos, nos llevamos bien, compartimos la locura de subir al barco y repentinamente quieres dejarlo todo”. “Ven aquí”, y extendió su brazo hacia mí. Cual niña malcriada contesté: “No, no tengo ganas. Tengo ganas de irme a casa”.

Yo me escuchaba a mí misma y nada de este show no tenía sentido. Era toda una Drama Queen. Recién nos conocíamos. Quizás no lo volvería a ver jamás, y si hubiese existido la posibilidad de volverlo a ver, de que me llamara o escribiera al día siguiente, me estaba encargando de acabar con ella. Estiró su brazo hacia mí para abrazarme y me dijo: “Lo siento, no quería hacerte sentir así. Es que no conozco esta ciudad, creo que a esta hora está todo cerrado y mañana tenemos que despertarnos temprano. No quiero que te sientas mal. Me ha encantado conocerte, disfrutar contigo esta noche y me encantaría volverte a ver”. Me abrazó con fuerza y me besó dulcemente.

Tomamos un taxi, me dejó en casa y volvió a su hotel. A la mañana siguiente, contra todo pronóstico, recibí un mensaje de su parte: “Qué gusto conocerte, ¿qué planes tienes hoy?”

 

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