Me sorprendió

 

Foto: Brenkee (Pixabay)
Foto: Brenkee (Pixabay)

 

 

 

Aquella noche me sorprendió con el siguiente mensaje: “Te apetece pasar la noche en casa de mi amiga?” Aquí escrito suena a propuesta para trío. Vale, si.  Pero nada tenía que ver con eso.

Él estaba en Madrid durante unos pocos días y paraba en casa de una amiga. Y con aquel mensaje sorprendió mi tarde y alegró mi día en el trabajo, que ya venía siendo bastante tedioso luego de tantas llamadas y correos, pero sobretodo tras haber compartido un fin de semana incomparable a su lado.

“Sí”, respondí sin dudar. El tiempo hay que aprovecharlo y los buenos polvos aún más, sobretodo cuando son con alguien con quien te sientes cómoda. “Pues aquí te esperaré con la cena lista”. Mi corazón se derritió cuando recibí ese mensaje seguido por un: “Que tengas una hermosa tarde. Te mando muchos besitos”. ¿Cómo se supone que uno logra continuar trabajando tras aquel mensaje… sin largarlo todo y correr a sus brazos a besarlo como si no hubiera mañana? Sin haber resuelto aquella interrogante continué mi día lo más corriente posible, sin dejar de sonreír, ni un segundo. Para el final de la noche, subí al metro (me tocaba atravesar toda la ciudad para verlo) y aunque sin duda valdría la pena, me sorprendió nuevamente.

Bajé distraída, venía atenta a lo que mi Kindle narraba, cerré todo en cuanto se abrieron las puertas y comencé a transladarme (casi teletransportarme por el cansancio) hacia la superficie con la mirada perdida. Estaba cansada, necesitaba llegar a sus brazos y estaba cerca… más de lo que pensaba.

Al llegar a los molinetes de salida salió de atrás de una columna con cara de no-tengo-ni-idea-de-cómo-llegué-aquí. En un segundo olvidé el cansancio del día, los reclamos de los clientes, mi patético almuerzo, los 15 minutos de espera en la estación, el desvío que tuve que hacer hasta casa para buscar ropa, el infinito trayecto hasta su parada… me cogió entre sus brazos y nos besamos hasta llegar a casa de su amiga.

Como si aquel episodio no hubiese sido suficiente para alegrar mi día, al llegar a la casa de su amiga me hizo dejar todo a un lado para sentarme a la mesa. Me sorprendió una tercera vez. “Espérame aquí sentada”. Y con las patitas debajo de la mesa lo vi desfilar ante mis ojos con pequeños platos que aterrizaba sobre la mesa de a cuentagotas, cuatro palitos, dos copas, dos shots, el sushi, el vino y el sake. Una cena a lo grande.

¿Cómo no amar las sorpresas?

 

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