¿Salir o no salir?

Foto: Annie Spratt (Unsplash)
Foto: Annie Spratt (Unsplash)

 

 

 

 

¿Salir o no salir?

Ese era mi dilema.

Había tenido una ajetreada semana de trabajo escribiendo artículos por la mañana, buscando piso en los ratos libres y en la tardes en mi horario de trabajo fijo.

La cabeza se sobresatura con tanta información y poca diversión. Quizás por eso y a pesar del cansancio todavía consideraba la posibilidad. Las andanzas en metro con amigos y risas adquieren otro color, tal otro color que desde mi ‘sí voy’ en el punto de partida, pasando por el ‘no sé’, ‘quizás’, entre durmiéndome y divirtiéndome me pasé la parada de mi casa y terminé en la estación donde había quedado con otros amigos. Pues ya me bajo y me hago cargo de esto.

Me encontré con un amigo al que tenía tiempo sin ver, con quien suelo tener conversaciones densas y jugosas. De esas que aclaran panoramas enrevesados o complican tonterías. Comenzamos en el bar, charlando de todo un poco y terminamos hablando del amor fugaz que tuve con un chico hacía unas semanas atrás. La conversación salió del bar, paseó por la calles de Madrid, hasta acabar en la casa de mi amigo con un cierre espectacular. “Te voy a mandar un poema que te va a gustar… quizás expresa en palabras lo que estás pensando”

He aquí el poema La tierra giró para acercarnos de Eugenio Montejo, célebre escritor venezolano, que me regaló aquella noche mi amigo:

La tierra giró para acercarnos,

giró sobre sí misma y en nosotros,

hasta juntarnos por fin en este sueño,

como fue escrito en el Simposio.

Pasaron noches, nieves y solsticios;

pasó el tiempo en minutos y milenios.

Una carreta que iba para Nínive

llegó a Nebraska.

Un gallo cantó lejos del mundo,

en la previda a menos mil de nuestros padres.

La tierra giró musicalmente

llevándonos a bordo;

no cesó de girar un solo instante,

como si tanto amor, tanto milagro

sólo fuera un adagio hace mucho ya escrito

entre las partituras del Simposio.

 

Tras revisar aquel poema de regreso a casa, me detengo en una esquina para coger un taxi. Me paro en una esquina transitada: Alcalá con Conde de Peñalver, espero 5 minutos, no pasa nadie. Me muevo hacia la esquina de enfrente, donde suelen pasar menos autos aún y en menos de un minuto aparece un taxista que desvía su ruta para recogerme.

Me adentro en el coche y comienza el hombre con su retahíla… Qué curioso es el mundo, ¿no? No me gusta venir por esta calle porque nunca recojo a nadie, y estaba usted aquí parada, en lugar de estar en la esquina de enfrente por donde pasan tantos autos. Me reí. Así es, estuve 5 minutos ahí parada y no pasó nadie.” – “No me lo puedo creer… Si por Alcalá pasan todos los coches, por aquí por Narváez nunca hay vida. Yo es que le digo, llámese Dios o Alá, como le dicen los moros, o quién sea que esté allá arriba. Ahí hay alguien que mueve las cuerdas de lo que ocurre aquí abajo”. Yo sonreía mirando a la ventana pensando en la conversación que hacía minutos había tenido con mi amigo. El viaje a casa era corto y en el que sólo estuvo presente el monólogo de este hombre que giraba en torno a esas extrañas formas en que trabaja el mundo, a lo que continúa: “Eso es como decir que tú un día cualquier, como decir: hoy, no te apetece salir y terminas saliendo de discoteca y conoces a un pibe esa noche, y se gustan… es que esas cosas pasan porque tenían que ser”

Cuando su monólogo se había dado por terminado yo estaba ya en la puerta de casa, sacando con dificultad la billetera de mi cartera pensando… ciertamente el universo debe trabajar de modos muy extraños, porque esta misma noche estaba hablando de ello con mi amigo sobre un chico que conocí en una discoteca -una noche que no pensaba salir- y un taxista desconocido lo trae a colación exactamente tres semanas después de conocerlo. Jum!

Como si el universo controlara tu decisión en torno a salir o no salir.

 

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