Treinta y uno

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Foto: @ngradecky (Instagram)

 

 

 

No pensé que el reflejo de lo que me ocurriera en esta vida cumpliera ya un año en este espacio público, pero estoy orgullosa de ello. En este cumpleaños (Treinta y uno) las sorpresas fueron el plato fuerte del día… ¡y qué sorpresas!

Mi primera felicitación vino desde otro continente y huso horario, tan alejado del mio que llegó con medio día de antelación. Un email desde Shangái que lee: 生日快乐 (Feliz cumpleaños) y cuyo autor es el personaje de esta historia en cuestión.

Un WhatsApp de mi hermano que desde Buenos Aires puja por ser el primero en felicitarme en mi día.  Al mismo tiempo una pequeña voz inentendible, pero que gracias a la traducción de la madre, recita: “Feliz cumpleaños y te quiero mucho”. Mensajes, llamadas, WhatsApp’s, un universo de felicitaciones me invade a lo largo de mi mañana. Hay un perfecto equilibrio entre disfrutar de un día lleno de actividades pero con un extraño nivel de paz. La mejor noticia es que me espera medio día de trabajo y que mis amigos de la infancia, con quienes he pasado la mañana ayudando en mudanzas, me llevan en coche hasta la oficina.

La segunda gran sorpresa es por parte de mis compañeros del curro, quienes secretamente han decorado con globos mi puesto, y han cocinado dulcitos de manzana coronados por mi fruta predilecta: las fresas. Me cantan el cumpleaños, me condecoran con una banda de “miss cumpleañera”, una amiga me regala un libro que sin duda tendrá magníficos aportes a este espacio. No puedo estar más agradecida por todo ello… Mi medio día de trabajo, naturalmente, transcurre más rápido de lo normal.

Me marcho a casa a descansar un rato y a cumplir con un compromiso que espero con ansias: una cita por Skype que he coordinado con el autor del correo chino. Entre 7:30 y 7:45 se conectará con una diferencia horaria de 6 horas. Confieso que aunque lo tengo lejos y nos hemos conocido poco las ansias que tengo de escuchar su voz me generan una ansiedad inexplicable. Dejo todo a un costado y me tumbo sobre la cama un rato, ordenador en mano y me dispongo a resolver algunas cosas, mandar correos y terminar de organizar lo que queda antes de salir. En dos días me espera un viaje a Málaga que coronará mi fin de semana cumpleañero. En medio de las ocupaciones que tengo suena el timbre. Mi compañero de piso se acerca a abrir, sé que no es para mi pues nadie sabe dónde vivo.

La tercera y mejor sorpresa me espera, sin saberlo, tras la puerta. Mi compañero de piso atiende, desde mi cama y desinteresadamente veo por el rabillo del ojo hacia la entrada de casa. ¿Quéeeeee? ¿Qué es esto? Reconozco una figura familiar bajo el marco de la puerta. ¿Qué haces aquí? Es él, el mismo hombre con quien he quedado en Skype para hablar. ¡Estás aquíiiiii! No sé si llorar o sonreir. La primera opción no se presenta. Él permanece unos segundos ahí parado y yo inmovilizada por mi estado de shock no me muevo de la cama. Pasa adelante. Pasa adelante. Se acerca a la habitación, me levanto de la cama y su cuerpo me envuelve en un abrazo que hace desaparecer a mi compañero de piso, a mi cuarto y a mi casa en general. “Feliz cumpleaños” me dice con un beso en la boca. Salimos a por unas cañas, luego a cenar con unos amigos y mi noche la comparto con él en un hostel que reservo cerca del trabajo para que mañana no resulte tan desgraciadamente incómodo ir a trabajar.

Treinta y un años y yo con un desconocido, cada vez menos desconocido que se aparece de sorpresa en casa. Pareciera un buen comienzo de año.

 

 

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