Abrazar el dolor

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Foto: @ngradecky (Archivo)

 

 

 

Y como si mi cuerpo se alimentara solo de la sal de mis lágrimas padecí de tres días de entero llanto. Mi tarea: abrazar el dolor. Agotar esas lágrimas. Aprender la lección.

Consumida en mi propia miseria, con una sensación de desesperanza total lloraba con desconsuelo. Lo único que necesitaba era un abrazo de mi madre, que estaba a más de 10.000 kilómetros de distancia, pues su partida ya era un hecho. ¿Cómo enfrentar esta pérdida sola?

Hacía unas semanas había estado él ahí conmigo abrazando el dolor que me producía su decisión, dejándolo salir, llorando conmigo a la par. Quizás esa era la mayor demostración de amor que jamás había recibido. Compartir ese duelo conmigo. A lo que la gente usualmente le huye, se rehusa y propone: “No llores bonita, todo va a estar bien”. Él no, él estaba ahí encarándolo conmigo, abrazando mi cuerpo y mi dolor. Compartiendo sus lágrimas en silencio.

Pero esto había sido la primera despedida, la segunda fue definitiva y fulminante. Acabó con mi fuerza, mis ánimos y todo lo que movía mi mundo. Esos tres días mi cama se apiadó de mi, invitándome a permanecer casi inamoviblemente en ella, subsanando mi dolor. Y ahí, desde el fondo de mi corazón, saqué todo lo que había en mi cuerpo y en mi alma acumulado, hasta que no quedó una sola lágrima en pie. Se me secó el cuerpo de tanto llanto.

Eso es lo fatal y lo hermoso del amor. Que te eleva a lo más alto. Te hace sentir grandiosa, divina, espléndida. Como si el mundo fuera tuyo y todo en él fuera posible. Y de un momento a otro, siempre de manera inesperada, te tira al suelo como un saco de patatas, sin piedad y con fuerza. Haciéndote así conciente que el amor duele, pues si no doliera no valoraríamos lo mucho que vale.

Y al cabo de unos días, habiendo aprendido a abrazar el dolor, como un ave con el ala herida me levanté de nuevo tras aquel fatal golpe de amor, preparada para dar la siguiente batalla.

 

 

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