Call Center

 

Foto: Crew (Unsplash)

 

 

Tengo un trabajo de estos sencillos. Comúnmente odiados por el público en general, pero que en realidad -como todo en la vida- tiene sus altos y bajos. No es del todo un call center, pero bastante similar.

Había sido una semana tortuosa. Éramos pocos en la línea, final de semana, final de mes, cerca al final del año y todo aquello el cansancio era de dimensiones extrasensoriales.

-Llamada (en inglés)-

“Hello! dis is Praveen Kumar, colin from _(blah blah blah)_ I have lady on phone who needs elp wit…” y así continuó hablando aquel indio que lo único que quería era transferirme la llamada a mí para él escaquearse de su trabajo.

“Hola Praveen, ¿como estás? Lamentablemente no soy yo el equipo que puede ayudar a esta señora pues no manejo la herramienta que ella está usando, pero to doy el teléfono del equipo correcto para que la transf…” – “No, no, no -me dice el necio aquel- tú eres quien puede ayudarle”. “Lo siento, mi equipo maneja una herramienta que…” me interrumpe el hombre de pieles canela nuevamente, “sí, mencionó facturación así que esre tú. Te paso la llamada”.

Sin mayor posibilidad a réplica, y cero ganas de discutir cojo la llamada y naturalmente, me disculpo con la víctima en línea y la transfiero -nuevamente- al equipo que realmente va a poderle solucionar el problema. Clásico incidente en un call center. Ante aquel altercado del cual también fui víctima yo, pienso: ¿Y si la próxima llamada de ese equipo la cuelgo? Entre que me cuesta entenderles el acento y siempre me terminan encasquetando llamadas que no puedo solucionar… lo mejor sería, a fin de cuentas, que ellos mismos se hagan responsables y atiendan el caso.

Tomo entonces esta reflexión y la expongo a la realidad. Me dirijo a mi jefe (el guapo aquel del que les he hablado ya) en voz alta: ¿Qué pasaría si estos tíos internos que me llaman incorrectamente les cuelgo ‘accidentalmente’ el teléfono? Explico el caso en profundidad.

Sus metras azules se agudizan mirándome fijamente cual dagas punzantes en mis ojos. Se ríe. “Me obligarías a tomar medidas…” y antes de que terminara la oración interrumpí con picardía: “Mmmmm, qué clase de medidas?”

-“Tendría que haber nalgadas” asoma entre risas

-“Grrrrrr!” con tal de asumir las consecuencias… de ahora en más colgaré todas las llamadas.

 

 

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