Cuerpos vacíos

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Cuerpo a cuerpo. Sus curvas bajo mis manos. La textura de su piel en contacto con mis dedos. Ese ‘te conozco de antes’ y la inexplicable tranquilidad que le brinda a mi ego también estaba presente. Compartirnos en la cama me hizo despertar. No sólo del sueño que aquellos arrebatos nos dejaron.

Mi cuerpo junto al suyo. Carnes que parecían recordarse. Como si nuestras curvas se hubieran memorizado entre ellas. Calzábamos del mismo modo. Y ahí caímos y dormimos desnudos. Exhaustos. Borrachos. Tras un breve período de sueño comenzó la batalla.

Su cuerpo sobre el mío. Sus manos presionando mis brazos e inmovilizando mi cuerpo contra la cama.  Empujaba su cuerpo contra el mío. Violaba mi cuerpo con pasión. Con la misma pasión que tanto me gustó y que ahora me causaba asco. Sus brutales embestidas contra mi cuerpo me hacían daño, al cuerpo, al alma, al corazón, a la razón. Nuestros cuerpos vacíos comulgaban entre sí. El mío sobre el suyo procurando compenetrarme. Procuraba estar ahí disfrutando como divinamente lo hice años antes pero en medio de embestidas y jadeos masculinos mis lágrimas bañaban su cuerpo.

Alcé mi cuerpo sobre el suyo, puse una mano sobre su pecho “No puedo” a medida que contenía mis lágrimas. Me conocía demasiado bien. ¿Qué te pasa? Me sentía fatal. Nunca había hecho esto. Nunca había tenido que llegar hasta esto. Pero nunca me había sentido tan sentimentalmente vacía en medio de un acto sexual. No éramos lo que éramos. Eramos dos conocidos en una cama que habría preferido compartir con un extraño.

Como cuerpos vacíos compartíamos una cama de falsas ilusiones que sólo nos harían despertar de aquel idilio.

 

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