Espinas del pasado

Espinas del pasado

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Lo que tendría que haber sido el final no fue sino el comienzo de una intimidad alcoholizada arrastrada por sentimientos anteriores, carencias del presente y espinas del pasado. Entre copas y conversas nos deleitamos con lo cíclico de la vida, de lo que increíble que resultaba coincidir -sin quererlo ni planearlo- en esta ciudad tras tantos años de una relación acabada.

A pocas horas de despuntar el alba, en un irish cercano a Huertas, se levantó de su silla sin previo aviso, y desprevenidamente cogió mi cara entre sus manos y me besó los labios. Tan arrebatada y dulcemente como siempre lo había hecho. Como si su cuerpo no supiera cómo mantener la cordura a mi lado. Como si los años separados hubieran ejercido presión para que ese amor creciera. Esos arrebatos de amor entonces me resultaban incómodos, ridículos.

Desalojado el bar, entre llantos le hice saber cuánto lo amé, cuánto significó en mi vida, y cuánto me habría gustado que lo nuestro funcionara. Me desahogué, nos desahogamos. Lloré desconsoladamente y él secó mis lágrimas y me abrazó. De su boca salieron las palabras más dulces que jamás había escuchado. Descubrí entonces que nuestro amor había sido más sincero de lo que pensaba y que el tiempo todo lo cura.

 

 

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