Extraña afinidad

Foto: Christopher Sardegna (Unsplash)
Foto: Christopher Sardegna (Unsplash)

 

 

 

Durante meses estuve debatiéndome entre escribirle o no. Una noche cualquiera y sin esperar respuesta alguna, lo hice.

Siempre habíamos compartido una extraña afinidad. Desde la noche en que nos conocimos. Me enamoré en el segundo en que lo vi. Y a los días de conocernos él decía creer que yo era su media naranja, pero que quizás era demasiado pronto para saberlo. A pesar de estar enamorada, aquella frase me resultaba exagerada. Pero siendo sinceros, la química entre nosotros era ‘anormal’ -‘paranormal’, decía él-.

Extrañamente coincidíamos en planes futuros, proyectos, compromisos, familia y futuro. Naturalmente chocábamos en otras cosas -por suerte, de lo contrario sería aburrido y misterioso… dudoso, más bien-. Pero compartíamos lo importante: nuestros valores, nuestros patrones familiares, nuestras perspectivas de vida. Hablábamos de todo. Todo el día, todos los días. Éramos grandes conversadores de lo absurdo pero nos llamábamos para lo importante.

Sumida en esa ‘relación’, si así puede llamarse, fueron creciendo mis ilusiones en torno a esta persona. Le tenía tanta fe a aquel amor que aunque con cabeza fría resultaba imposible, yo creía en él. Me engañaba creyendo que todo se solucionaría para algún día terminar juntos.

Esa noche, antes de irme a la cama, imaginariamente me despedía de ‘mi amor’. Le hablaba al universo para que se comunicara contigo donde quisiera que estuvieras. Y esa noche, tras acabarse mi discurso de despedida y expresamente decir en voz baja: “Esta noche voy a soñar con el amor de mi vida y hablaré con él”.

Sonó el móvil, era él, aquel chico con quien compartía aquella extraña afinidad.

 

 

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