Esto se acabó

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Foto: Unsplash (Pixabay)

 

 

 

Tragaba fuerte para no llorar y lo logré hasta que comecé a revivir todos nuestros lindos momentos juntos y a pensar cómo no existían motivos para continuar esto, pero tampoco para terminarlo.

Había pasado a recogerme a casa para ‘hablar’. Es decir, para terminar conmigo. Íbamos en el coche. A una manzana de casa me dijo que quería dejarlo. Esto se acabó. Y cuando comencé a pedirle explicaciones entendí por qué la gente siempre dice que en estas situaciones es mejor no extender la discusión. Extenderla es diluir los motivos y quitarle fuerza a tu discurso. Comencé a desahogarme sin dejar nada por dentro….Esto se acaba hoy porque tú eres un cobarde.

Mi cara se colmó de lágrimas y cada frase hacía eco de aquel llanto. ¿Puedo preguntarte por qué? Hubo unos minutos de silencio y luego dijo: “No lo sé. La verdad no tengo motivos” “¿No tengo motivos? ¿Cómo se supone que yo digiero que tú me dejes sin motivo alguno? Dame una explicación. Invéntate alguna explicación, algún motivo, que no te gusto, que no estás enamorado, que soy mala en la cama, algo. Cualquier cosa. Sabes que sin razones para dejarme lo estás haciendo”. ¿por qué? “Acepto tu decisión -continué- después de todo una relación requieren a dos. Y si uno de los dos no está dispuesto a ponerle amor a esto. No sirve. Se acabó.”

El dolor, a la par de las lágrimas, crecía por dentro con cada kilómetro que su coche avanzaba. “Está bien -continuaba hablando yo a solas. Era un monólogo, lo admito- me parece injusto que me dejes sin motivos, sin razones o explicaciones. Pero es válido, y lo tomaré pues no quiero invertir mi tiempo con alquien que no está dispuesto a invertirlo conmigo. No quiero un cobarde en mi vida. Pero considera que en este momento de tu vida estás encarando el proyecto de las bicis. Y como proyecto puede funcionar o no. ¿Pero sabes de qué estoy segura? Y muy segura… De que ese proyecto va a funcionar, y ¿sabes por qué? Porque crees en él. Así funciona todo. También las relaciones y el amor. Crece cuando crees en él. Se nutre, se agranda. Esto que tenemos, esta relación, no funcionará jamás, porque tú no crees en ella.”

Respiré profundo. Me calmé. Sequé las lágrimas sobre mi rostro hinchado y frente a una estación de servicio le dije: “Apárcate por aquí porfa que voy a lavarme la cara en un baño”. Se quedó frío. ¿De aquel ‘espectáculo’ a ésto? Me bajé del coche. Entre al local. Fui al baño. Respiré profundo. Me lavé la cara con agua fría y regresé como si nada hubiese ocurrido. Con el rostro oxigenado y el corazón calmado.

Encendió el coche con cierta duda. Como inseguro ante qué hacer. “¿Qué quieres hacer? ¿Quieres que demos una vuelta?” Me preguntó con cierto desconcierto. “No. ¿Me dejarías en casa, porfa? Esto se acabó. Sonreí. La sonrisa interna fue tal que escapó al exterior de mi cuerpo.

Aunque en ese instante ya nada era perfecto, al poco tiempo me di cuenta que estar perdiendo mi tiempo con un cobarde que tenía siquiera motivos para terminar conmigo ciertamente no valía la pena. Y cuando esto se acabó, todo en mi vida volvió a ser perfecto.

Hoy en día me alegro que aquello no funcionara, pues me permitió moverme, conocer a más hombres y acercarme cada vez más al adecuado. Éste sin duda no valía la pena. No es fácil admitirlo, sólo el tiempo me permitió verlo, pero si la relación se acabó es porque no tenía que ser.

 

 

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