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Fetichista

Fetichista Posted on 19 abril, 2016Leave a comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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Foto: @ngradecky (Instagram)

No me considero fetichista. Pero sí que tengo un fetiche y es con mis pies. No es que me gusten los pies. Me gustan mis pies. Los amo. Y desde siempre he hecho, equivocadamente, alarde de ellos. Y como consecuencia,  recolectado halagos al respecto, hasta esa noche.

Salimos a cenar por Palermo, a un reconocido y fabuloso restaurante, Las Cabras, con mi vecino y su esposa, y ahí coincidiríamos con un amigo de ambos. Un chef con cara de abogado varios años mayor que yo. Durante la cena, en medio de cuentos de mi vecino psicólogo y su esposa de la misma profesión surgieron las típicas conversaciones sobre las personas.

Naturalmente, entre todas las rarezas de cada quién, de los temas de relaciones y el sexo llegamos naturalmente al tema fetiches. Yo, que la vergüenza la perdí en algún vago punto entre la adolescencia y la adultez, solté a los cuatro vientos mi afición por mis pies. Aún me cuestiono a mí misma la razón de mi comentario. Pues la fiera que desaté no tenía precedentes.

“Yo amo mis pies” comenté orgullosamente en medio de la conversación. Los ojos del amigo de mi vecino, el chef, se abrieron como la boca de un cocodrilo, se encendieron como dos llamaradas de fuego. Aquel hombre, a quien recién conocía, era un fetichista de pies.

Levantó las cejas y sin contener emoción alguna alzó su cuerpo de la silla. Tragué fuerte. ¿Qué hace? En ese instante, era como si el tiempo se hubiera detenido por unos minutos mientras aquel hombre se levantaba de la mesa hasta acercarse lentamente al puesto vacío a mi lado. Mi cuerpo no entendía nada. Mi mente mucho menos. Se sentó de costado. Su cuerpo enfrentando al mío. Sus brazos, uno sobre la mesa, el otro en el respaldar de mi silla. Y mirándome fijamente a los ojos, dijo: “quiero verlos”.

Me reí en voz alta -acoto que mi risa no tiene pizca de disimulo- Las cabezas de las mesas aledañas se voltearon a verme. Yo inmutada ante algo que ocurre con frecuencia pues los decibeles de mi risa se escapan de mi control. Sus ojos no se apartaban de mi. Controlé mi risa y le solté un: “Compórtate. Estamos en un restaurante”. Y avalanzando su cuerpo hacia mi silla queriéndome convencer dijo: “Lo sé, no me importa”. ¿Este tío qué se cree? No lo soporto.

“A mi me importa. Tengo botas, estoy en público, y aunque mis pies y sean los suficientemente hermosos como para desnudarlos en público no es el lugar ni el momento”.

“Los veo y te los como con las manos”. Y me robó un beso del cachete.

Al salir del restaurante, me dirigí a mis vecinos: “Ni se les ocurra volverme a encontrar con este personaje en la vida. Que para locos y fetichistas tengo suficiente conmigo.”

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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