Miedo a perderte

Foto: Tom Sodoge (Unsplash)
Foto: Tom Sodoge (Unsplash)

 

 

 

 

“Temía que esto sucediera. Tenía miedo a perderte“.

“Yo también lo temí”, confesó.

Hacía tres semanas que me había dicho que volvería a China. La vida siempre está dispuesta a sorprenderte y no terminamos de aprenderlo. Cuando creí que nuestra incipiente relación comenzaba a consolidarse me dijo que había decidido irse.

Habría sido más fácil no volverlo a ver jamás. Pero la vida no necesariamente te enfrenta a lo más fácil, sino a lo necesario, nos volvimos a ver. Fuimos a comer japonés a Chueca y luego a un bar cercano.

Caminábamos hacia el siguiente bar, con la indecisión de no saber a dónde ir o qué hacer. Eran cerca de las dos de la mañana. Y tras haber decidido que seguiríamos en la calle, mientras caminábamos uno al lado del otro, de mi boca -sin premeditación alguna- salió: “¿Qué has hecho para que todo fuera tan difícil?” ¡Joder! Cómo he podido decirle eso? Así de frente. ¡Bien!

“¿Huh? ¿Yo?… ¿Qué he hecho yo?”

Caminábamos uno al lado del otro, lentamente por la calle. “Supongo que cuando tomaste la decisión de no hacerme daño y decidiste poner fin a esto”. Aceleré mi paso como queriendo huir de esto, huir del dolor dentro de mi, producto de su decisión y de su partida. Queriendo, sin querer. Con su mano tomó mi brazo a la par que caminaba a mi lado (como tomados de la mano, pero del brazo). No salía palabra ni de su boca ni de la mía. Y con ese sutil toque mi cuerpo se destensó, se alivió como si todo se hubiera resuelto.

Continuamos andando hasta que saciamos nuestras ganas y encontramos otro apetecible bar. Hablamos de cualquier cantidad de cosas menos de nosotros. Me invade la cobardía. No sé qué decir. No sé cómo decirlo. Sé qué decir, pero no sé cómo decirlo. No quiero escuchar lo que él tiene que decir al respecto. Es necesario acabar con esto. Siento una urgencia de llanto. La contengo. Me contengo. ¿Qué sentido tiene esto? Me distraigo con la conversación. Presto más atención de lo debido. Distraerse ayuda a no llorar (nota mental). Esto, más que conversación, es un monólogo que narra los días que ha compartido con su familia tras habernos dejado. Escucho sobre su padre, sus hermanos. Nunca me habla de ellos con tanto nivel de detalle: su siesta en la playa, los juegos con sus hermanos, el tiro al blanco, la salida familiar. ¡Puag! ¿Por qué estoy prestando tanta atención? El estómago se me retuerce. Me habla de la familia a la que algún día creí conocer. Estas historias de familia me habría gustado haberlas vivido juntos. Da igual. Esto no me interesa. Esto no puede seguirme interesando: este tío se va. Necesito descargarme. Hablar. Voy a llorar. Mejor sigo escuchando. O pretendiendo escuchar. Nos echan del bar cerca de las 3:30 de la madrugada. Desalojamos el lugar. “¿A dónde vamos?” le pregunto.

-Él asoma un “¿es tarde, no?”

-“Vale, caminaré a Cibeles, tomaré el bus. No puedo seguir gastando dinero”.

-“Pero has dicho que querías ir a algún otro lado”.

-Aclaro:”Sí, quiero. Pero me has dicho que es tarde. Me da la sensación de que prefieres irte a casa…”

-ÉL: “Sólo quería saber qué querías tú. Lo del tiempo fue un simple comentario. Vamos a buscar otro lugar”.

Comenzamos a andar por Fuencarral, sentido Gran Vía. Las calles tienen poca. De sopetón lo abrazo mientras continuamos andando. Él me abraza de vuelta y con su cuerpo presionando el mío comienzo a llorar en silencio.

Me sostiene con más fuerza, mientras nuestra caminata continúa, ya en dirección a Cibeles. “¿Qué pasa? -me pregunta repetidas veces- ¿Qué pasa? ¿Quieres un Kleenex?” Mi llanto desconsolado continúa a la par de su abrazo. Y sin evaluarlo de mi boca escapa “Tengo miedo a perderte“. Él me sostiene con fuerza. Entre lágrimas caminamos por Gran Vía abrazados. Lo que siento no es grato, pero me hace bien. Segura. Desahogada. ¡Que trago amargo! Conseguimos un banco. Nos sentamos. Respiramos. E inesperada todo comienza a salir de mi. Mi corazón entero volcado en aquel banco de la Gran Vía. Entre lágrimas mi corazón sale a flote. Diciéndole todo lo necesario. Todo lo que me hiere. Todos mis miedos y sentimientos que él me genera. Él no dice nada… nunca lo hace. No sé si por ¿protección? ¿comodidad? ¿o es simplemente su forma de ser?

Me siento purgada. Recobro mi aliento. Estoy un poco más tranquila. Mi rostro está hinchado. Pero él aún está ahí, a mi lado, junto al miedo a perderlo. Después de todo lo dicho me dice: “¡Vamos a casa, ¿te acompaño?!” -“No es necesario, vete a casa. No quiero que vengas por compromiso, quiero que vengas si quieres venir”.

“¡Venga. Vamos a casa!”

A la mañana siguiente, mientras él se ducha, mi maestra de Reiki me escribe: “Te envío luz y paz. Confía en tu guía interior. Sigue tu corazón y confía. Confía en el universo. La vida tiene cosas maravillosas para tí”.

 

 

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