Entre China y Tailandia

Foto: TJ Holowaychuk (Unsplash)
Foto: TJ Holowaychuk (Unsplash)

 

 

 

 

Lo conocí en un mercado de productos internacionales. Muy internacionales. Desde Marmite hasta za’atar había en aquel local. Entre China y Tailandia me detuvo una voz que comentaba sobre la gran variedad de productos de otros países que jamás había conocido. Coincidí. Realmente no todo era tan exótico, pero curioso ciertamente sí, sobretodo sumado a que no conocía lugar así cercano a casa. Continuó buscándome conversación y en cuestión de minutos estaba yo inviertiéndo mi mañana con un extraño tomando cañas en Manuel Becerra. Vaya que me engancho rápido a conversar.

Era madrileño, guapo, caballeroso, de pieles blancas, cabellos castaños y gafas. Me acompañaba en edad, conversador, simpático, pero… ¿A que siempre hay un ‘pero’?

*Suspiro* Me pregunto si estos ‘peros’ son producto de mi nivel de exigencia o simples tentaciones de mi ego. Sí, es guapo pero no se me dió vuelta la tripa al verlo. Sí, tiene mi edad pero vive con su familia. Sí, habla inglés, umm pero ¿sólo inglés? Y sólo ha vivido en Madrid? Creo que me estoy pasando de exigente. O quizás no. Ahora, yo me pregunto… si mis novios anteriores hablan más de dos idiomas, han vivido fuera, les gustan los viajes, me hacen doler la tripa de tanto reir, son guapos, caballerosos y respetuosos, me mantienen atenta ante infinidad de temas interesantes de conversación. ¿Soy realmente entonces demasiado exigente? ¿Si conseguí -no a uno- sino dos, tres y más no seré capaz de seguir consiguiendo hombres así? ¿Se trata esto realmente de mi nivel de exigencia?

Les advierto, al ego, le encantan los halagos y los mimos. Sin importar si se trata de la persona equivocada. Nos conduce siempre a todo lo que genere un placer inmediato, sin importar que te desvíe de tus responsabilidades o metas. Nos distrae.

Y así fue. Estaba ahí tomándome una caña con un tío que conocía hacía 15 minutos, con quien no compartía absolutamente nada en común, que no me hacía reir, ni llorar, ni me contaba cosas grandiosas, no era políglota, viajante o soñador. No sé qué coño era. Creo que nada. No sé que hacía ahí. ¿Por qué he accedido a tomarme una caña? ¿Por qué le he dado mi móvil para encontrarnos una segunda vez?

Para que me escriba y me haga sentir linda, esto es culpa de mi puto ego.

 

 

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