Príncipe Cabify

Foto: Clem Onojeghuo (Unsplash)
Foto: Clem Onojeghuo (Unsplash)

 

 

 

 

Me recogía un coche negro discreto y elegante. Un caballero de traje, cabellos rubios, pieles blancas y corbata lila grisácea. Era guapo, eso no puede negarse. Llamaba a mi móvil y alzaba la mano entre la blanca marea de taxis a la salida del aeropuerto de Barajas… Como un príncipe en busca de su princesa. Era mi príncipe Cabify.Vino hacia mí, se presentó como Héctor -aunque para mí tenía cara de Adrián-, tomó mi maleta entre sus manos, y comenzó a andar hacia su corcel negro.

Dentro del coche y con una sonrisa me preguntó: “¿Hacia dónde se dirige?” “Al Palacete de Fernando el Santo. Calle homónima, número 14″. Una vez actualizado el GPS, y puesto en marcha el motor se dirigió nuevamente a mí: “¿Qué tal está de temperatura?” ¿Yo? Contigo ¡hot! ¡hot! ¡HOT! Entre el vestido, el palacete y el galán, aún no estoy segura si hoy soy realmente la princesa que mamá mencionaba de pequeña. Con el millonario con que soñaba… Perdona… “Muy bien, gracias”. “¿Algo de música?” ¿Aparcas y bailamos? ¿Es este mi príncipe convertido en chófer? “Sí, ¿por qué no?”

A medida que el corcel negro se sumergía en la ciudad, nuestras conversaciones se tornaban más interesantes. Nos conocíamos de a poco. Él de Madrid, yo de tantas partes. Él chófer, yo artista. Esto es como una cita a ciegas organizada por un cupido.

En la puerta del palacete se detuvieron el motor y nuestras historias. Se bajó del coche, me abrió la puerta y de aquella brillante sonrisa salió un despedida: “Ha sido un gusto conocerla”. “Lo mismo digo. Gracias por una mañana tan maravillosa” dije devolviéndole la sonrisa. Ese fue, naturalmente, el primero y último día que vi a mi príncipe Cabify.

Tengo su teléfono entre mis llamadas perdidas, ya podría quedar con él…

 

 

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