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Viejo verde

Viejo verde Posted on 19 julio, 20161 Comment

Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

Foto: @ngradecky (Instagram)
Foto: @ngradecky (Instagram)

 

 

A quien madruga Dios le ayuda

Es un frase cliché que escuchamos a menudo y que pongo en tela de juicio pues aún no he podido comprobar su veracidad pues la tarea de levantarme temprano muy bien no la llevo. Dehecho, no soy madrugadora, pero lo seré cuando tenga hijos… y si acaso.

Era una hermosa mañana de verano. Había quedado en La Mallorquina para desayunar con con unos amigos. Celebraba el verano con un vestido corto, floreado, piel tostada y cabello corto. A mi llegada a Sol, al salir del vagón de metro, en el primer juego de escaleras que impulsan a salir a la superficie, me detuvo un brazo. Un señor mayor, tan mayor como mi abuelo, es decir, un viejo verde, de pantalón de vestir y camisa rosada me tomó del brazo como si fuera mi acompañante. “Sabes a lo que vamos no?” Me dijo a medida que avanzábamos entre la multitud. Anonadada voltée a verlo: “Eh ¿perdona?” -“Al calor al que saldremos ahora”, aclaró su oración.

“Sí, tenemos que prepararnos mentalmente”, le dije a medida que liberaba mi brazo para pasar por los torniquetes.

En cuestión de segundos tenía al viejo colgado de mi brazo de nuevo. Entre la gente me conducía hacia las escaleras frontales. Procurando escabullir mi brazo bajo el suyo para liberarme apunté con mi brazo derecho: “yo salgo por este lado”.

“Bueno, ¿y cuándo nos vemos?”

Mi cara había hablado por sí sola, de hecho, su siguiente pregunta -acentuada por la duda- fue: “¿no nos volvemos a ver?” “No”, contesté con seriedad intentando zafarme de aquel grillete. Obviando mi actitud, el viejo verde se acercó a darme un beso en la mejilla, que cortésmente acepté y en cuanto moví mi rostro para el segundo beso, movió su cara intentando robarme un beso en la boca. Por supuesto, que mis reflejos fueron lo suficientemente rápidos para evadirle la cara, soltarme de su brazo y dirigirme hacia mi puerta.

Bueno, lo cierto es, que hoy domingo madrugué a las 10:00 -repito, es domingo ¿vale?- y calculo que mis rápidos reflejos fueron el regalo de madrugar el día de hoy. De lo contrario me habría ganado un beso con lengua de un viejo verde en el metro.

 

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Feliz y soltera escritora. Mientras al hombre de mi vida le enseñan a usar el GPS y logre finalmente encontrarme, yo me dedico a contar historias para vivir, para aprender, crecer, respirar y entender.

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