Hostel room

Compi de hostel

Compi de Hostel, room decor
Foto: @ngradecky (Instagram)

 

 

 

El día en que llegué a Gante, no había nadie en mi habitación de hostel. Habiendo asimilado mi llegada, y tomado una ducha de aguas calientes, salí de paseo. A mi regreso, la habitación seguía desolada, pero perfecta para una siesta.

Al abrir mis ojos, todo lucía muy diferente. La luz de la calle inundaba sutilmente la habitación, el cielo a poco de oscurecer y las plantas superiores de las demás literas estaban vacías. ¿Estaré sola en este hostel? Es cierto que pocos días antes de mi viaje, un lamentable atentado a la ciudad de Bruselas se había llevado a cabo y la conmoción había generado cancelaciones de muchos vuelos. Aún en duda, asomé curiosa, cual niña, mi cabeza hacia la cama de abajo. Mis cabellos colgando sobre la cama inferior, mi rostro rojo y somnoliento.

Era mi compi de hostel: Simón. Un hombre soltero, culto, robusto y moreno en la cama de abajo me saludó con un fuerte acento inglés. Suspiré. Yo y mi imán para los ingleses. A leguas podía reconocer ese acento que me ha perseguido historia tras historia: Englishman, Stylish and Stupid, Motivos para celebrar. Aún así decidí preguntar para descubrir que si bien era londinense, sus ancestros eran guyaneses*. Curioso. Guayana. Aquel nombre hacía eco en los anaqueles de mi memoria. Nunca había conocido a un guyanés. Esa tierra, sobre la que aprendí desde pequeña por su contigüidad a Venezuela, siempre había sido como un mito, pero ahora tenía ahora una representación física. Su presencia me hacía sonreir por dentro. Expresó su curiosidad sobre mi origen a la que correspondí narrando mi breve historia: “nací en Argentina, crecí en Venezuela y ahora vivo en Madrid”.

Yo bajaba las escaleras y él con la mención de aquella última ciudad, se exaltó. “¡Oh! Qué lindo Madrid. Me encantó esa ciudad. Tengo ganas de volver, pues en mi primer viaje tuve una experiencia bastante particular.” Su comentario me timbró. Él yacía sobre su cama, mirando la mía. Yo, sentada en el suelo, a su lado, con mis rodillas recogidas hacia mi pecho y mis manos danzando sobre objetos cercanos mientras escuchaba la narración de su viaje a la capital ibérica. “Fui a las corridas de toros. Nunca había visto algo tan repulsivo. Odio esa clase de cosas, me resulta inhumano hacer un espectáculo de la muerte de un animal. La plaza estaba llena de gente, era inaudito”

Yo entendía poco. ¿Porqué habrías de ir a una corrida de toros si no te interesa el tema? Debido a que su historia me resultaba surreal, y con miras a comprenderla mejor, opté por pedir mayor información ¿Qué hacías ahí? ¿Por qué fuiste a una corrida?

Fue un regalo sorpresa. Su respuesta me causó gracia, tanta que una risa salió de mi cuerpo con naturalidad y sin permiso alguno. Entiendo. De alguien que no te conocía. Clásico. Nos pasa a todos. Fue entonces cuando mi compi de hostel acompañó mi risa, volteó su rostro para verme y dijo: fue un regalo de mi novia y con señal negativa volteó hacia la cama superior de nuevo, reevaluando en cuestión de segundos su caduca relación con ella. Vale, ahora entiendo por qué estás soltero.

Estallaron nuestras risas junto a nuestra reciente complicidad.
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