Dormir con almohada

Foto: Elizabeth Lies (Unsplash)
Foto: Elizabeth Lies (Unsplash)

 

 

 

 

Tengo problemas. Dormir es una de la cosas que sé hacer muy bien. El tema es que tengo 32 años y estoy acostumbrada a dormir con almohada… abrazada a ella.

Mi compañero de curro, con quien comparto largos chats sobre relaciones humanas, lo teológico controversial y banalidades como la co-dependecia con la almohada, dice que está bien, pues él también duerme abrazando a su almohada. ¿Pero quizás a los 24 años eso es válido? No sé si eso realmente tiene alguna influencia.

Lo cierto es que de pequeña tenía una almohadita de pollitos morados, vestiditos de rojo y azul. Estos detalles son lo de menos, porque la almohada tenía una funda blanca, con bordados en rojo. Desde bebé tenía dos almohaditas, la de pollitos, y una de flores. Menos mullida y querida, cubierta con una funda igual a la anterior pero con el bordado en blanco.

Desde entonces dormía con una almohadita a mi lado. Abrazándola. Como si su presencia supliera alguna clase de cariño o ¿amor?  Con el paso del tiempo, esta costumbre no fue cambiando. Lo único que cambió fue la almohada. La de pollitos hace años que no existe. Mi madre impulsó su partida de casa asegurando que su vida útil había acabado.

Dado que los pollitos ya no formaban parte de mi vida, opté por buscar un reemplazo.  Una almohadita de Lufthansa de plumas -de cuando los aviones eran lujosos y espléndidos y proveían productos de primera- con su característica funda amarillo intenso tomó su lugar. Fui feliz con ella durante muchos años. La llevaba conmigo a donde fuere: playa, montaña, casa de amigas, a donde fuere con tal de no dormir sola. Hasta que en mi mudanza a Madrid la tuve que dejar por exceso de equipaje.

No obstante, a medida que conversaba sobre dormir con almohada con mi compañero de curro, toda esta conversación me ha dejado pensando que quizás…

O me falta un amor o me sobran almohadas

 

 

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