Cayetano

cayetano

 

 

 

Cayetano era su nombre. Era extraordinariamente alto, de ojos ámbar y cabellera grisácea lacia y revuelta. Su estilo era particular. Vestía pantalones khaki con una camisa floreada y tirantes. Entre hipster y anticuado. Un francófono de sonrisa radiante, mirada penetrante y paciencia nula. Tenía ojos sinceros a pesar de que sus amigos al presentarlo me dijeron que era un mentiroso.

Compartíamos miradas y roces en aquel bar. Me guiñaba el ojo y con ello entendí que le interesaba. Pensé que te gustaba mi amiga. ¡No! Tú. Con ella se me hacía fácil conversar en italiano. Pues no eres muy bueno dando indicios de interés. Pero aquí estás, conmigo. Mi amigo Philippe pensó que eran pareja. ¡Jajajaj… qué va! Me gustan demasiado los hombres para envolverme con mujeres. Y a mi las mujeres dijo al compás de un beso tierno y apasionado. Me encantaba físicamente pero también el ingenio de sus respuestas.

Despojados de ropas, descansábamos en la cama por la mañana. Yo horizontalmente, él sentado a un costado de mi haciéndome mimos. ¡Demasiados, diría yo, para el tiempo que nos conocíamos! Me daba besos intensos y profundos y me arropaba entre sus brazos mientras dormíamos piel contra piel saboreándonos mutuamente.

Eres hermosa, decía mientras sus ojos se deslizaban por mi cuerpo y sus dedos circundaban mis senos, mi panza, mi ombligo y mi torso. ¿Sí? ¿No lo crees? Sí, muchas gracias, respondí en compañía de una sonrisa. Tendida sobre aquellas sábanas blancas no dejaba de sorprenderme aquel absorto extraño frente a mí. ¿Por qué me miras así? Pregunté sobre su cara de desconcierto ¿Cómo? respondió dubitativo. Cerró sus ojos y levantó sus hombros en señal de desaprobación. Minutos después la pregunta era a la inversa. ¿por qué me miras así? Sonreí, solo admiro lo precioso que eres. ¿Precioso? Yo no diría precioso. ¿No te consideras guapo? Sí, diría guapo, pero no precioso. Nos reímos a la par.

Lo halé del brazo hacia mí para hundirme en las profundidades de su boca. Al despegarnos noté cierta desazón en su cara. Lo siento, pero tengo que irme. Con poca motivación cogió sus ropas y se vistió lentamente. Haciendo pausas y regalándome besos entre cada prenda. Yo lo miraba desde la cama como un dios del olimpo que había descendido para venir a visitarme, a admirarme, a adorarme. Me dio un gran beso y se dirigió a la puerta, donde se detuvo sin saber de llaves o cómo salir.

Me levanté de la cama, cogí las llaves y me dirigí hacia la puerta. Cayetano giró su cuerpo hacia mí diciéndome: Me alegra que te levantaras, así puedo disfrutar una vez más de tu hermosura. Me dio un pico. Lo hundí con una mirada desaprobatoria: eso no es un beso. Sonrió y me abrazó para devorarme. Se abrió la puerta y con ella de par en par, riendo de la posibilidad de exhibirme frente a cualquiera que pasara, volvió a hundir su lengua en mi boca varios segundos. Nos perdimos en la profundidad de nuestras miradas, sonreímos nariz con nariz, y se marchó.

 

 

 

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Nota curiosa: Buscando alguna clase de personaje famoso con qué relacionar este poco común nombre masculino conseguí un Cayetano Music que nada tiene que ver con esta historia, pero que me acompañó durante la edición de este texto y algunos otros.

 

 

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