Olor a sexo

Foto: Gaby Sanda

 

 

 

Ese olor a sexo que tanto me gusta, ese olor a mi sexo, aunque me consideren egoísta por ello, me gusta. Me reconozco en mi olor, me seduce, me deleita. Lo disfruto. Ese olor a carne fresca, a cuerpo sediento, ese olor entre dulce y agrio. Tentador y desagadable –sin llegar a repugnante- me enciende, me inspira. Ese olor como entre cabellos sucios revueltos, entrepierna sudorosa y las profundidades de tu ombligo. Un aroma único, entre espeluznante y reconfortante.

Al condón lo reconocí por ese olor penetrante, ácido, pegajoso y nauseabundo que tiene el semen. Ese que solo con pensarlo genera arcadas –de disgusto o placer– en tu boca.

Habiendo luchado con mi cabeza para poder abrir un poco los ojos y alzar mi cuerpo para dirigirme al baño y bajarme las bragas sentí salir de mi aquel aroma putrefacto de mi entrepierna.

Esta no soy yo. Es ese olor a sexo característico de una noche con extraños. Pienso en la noche anterior y los músculos de mi entrepierna se tensan, mis labios se ablandan y mi cuerpo se estremece. A mi nariz invaden de nuevo aquellos repugnantes olores de sexo entremezclados. Me deshago de todas mis toxinas y con ellas, sobre el papel higiénico, descansa aquel anillo blanquecino acompañado de una enorme frustración y ganas de llorar ante la sola idea de haya un niño en gestación.

La peor noticia no fueron los olores a los que me sometí, tampoco la remoción de aquel preservativo de mi cuerpo, sino descubrir que sobre la mesa de la cocina reposaba intacto el paquete de pastillas anticonceptivas. Ni la dosis de ayer (el comienzo del paquete), ni la de hoy afectadas.

Desgracia.

 

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Un poco vinculado al tema del olor, es el de los pelos púbicos.

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2 comentarios en “Olor a sexo

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