Lecturas: El palacio de la luna

Foto: Beat Schuler (Unsplash)

 

La luna siempre estaba llena y era siempre igual: un pequeño círculo perfectamente redondo, que brillaba con una palidísima luz blanca en medio del lienzo. Después de haber mirado cinco o seis, comenzaron gradualmente a separarse de su entorno y ya no pude verlas como lunas. Se convirtieron en agujeros en el lienzo, en aberturas blancas. El ojo de Blakelock -el creador de la obra-, tal vez. Un círculo vacío suspendido en el espacio, que miraba cosas que ya no existían.

 

La búsqueda de la identidad es como un viaje a la luna en el que uno se pierde completamente sólo para descubrir el mayor de los secretos: la aceptación. El Palacio de la Luna de Paul Auster lo desdibuja con luces y sombras, entre la gloria y la desgracia. Ese naufragio personal de todo lo vivido, lo conocido y lo desconocido mediante una meticulosa descripción de todo. Personificándote en esa experiencia. Un descubrimiento de nuestra esencia, mediante nuestras experiencias y nuestro pasado.

Su personaje principal es un chico adolescente de 18 años, quien narra las peripecias vividas a lo largo de su vida. La desgracia y la decadencia tras la pérdida de su madre y su recuperación económica y emocional. Los desaciertos y alegrías que este trayecto conlleva. El Palacio de la Luna se yergue como un templo de devoción a todos aquellos que nos hemos sentido así de decaídos producto de los infortunios de la vida. Es como una luz al final del camino, una respuesta a tanta desazón. La adolescencia es sin duda la mejor etapa para retratar esta oscuridad de la que pareciéramos no salir jamás.

Pero Auster nos devuelve las esperanzas de que en la vida todo puede marchar mejor, incluso después de haber tocado fondo, después de habernos hecho un detallado paseo por varias miserias. El Palacio de la Luna es una búsqueda inconsciente de nuestras raíces y de nuestro encuentro con nosotros mismos.

 

 

 

 

 

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